jueves, 21 de mayo de 2026

Veinte toreros

José Tomás

Su gran calidad artística, unida a su singular personalidad y a una peculiar estrategia, le ha convertido en un verdadero fenómeno popular. Es sobrino nieto de Victorino Martín. Debutó con caballos en Benidorm el 24 de julio de 1993, en un certamen de noveles de Antena 3. Para abrirse camino, tuvo que marchar a México. En 1994, salió a hombros en Madrid como novillero. Tomó la alternativa en México en 1995; al año siguiente, la confirmó y sufrió una grave cornada en Autlán de la Grana. En México, se convirtió en un verdadero ídolo. También en Madrid ha abierto siete veces la Puerta Grande. En esta primera etapa, triunfó en todas las plazas españolas y compitió con Enrique Ponce. Después del bohemio Antonio Corbacho, enamorado de la filosofía zen, tuvo como apoderados a los muy profesionales Emilio Miranda y Santiago López. En 1998, cambió al independiente Martín Arranz. Con él, en el 2000, declaró la guerra a la televisión por los derechos de imagen, negándose a que retransmitieran sus corridas (no así en América): eso le dejó fuera de las grandes Ferias. Alternó triunfos resonantes con escándalos, como dejarse voluntariamente un toro vivo en Salamanca y otro, en Madrid. Volvió a los ruedos en 2007, con su amigo Salvador Boix como apoderado. Obtuvo triunfos resonantes en Barcelona, que se le rindió. En 2010, sufrió una grave cornada en Aguascalientes. Ha publicado un libro en el que dialoga con el toro que le hirió. A partir de entonces, su carrera ha seguido caminos singularísimos, que han aumentado enormemente su popularidad. Para la historia han quedado sus triunfales actuaciones en solitario en Barcelona y Nimes. Según sus partidarios, José Tomás hace prevalecer la calidad sobre la cantidad. Es decir, elige muy bien cuándo y dónde actúa. Defiende un toreo con el máximo riesgo. Su estilo es vertical, amanoletado; de ahí su insistencia por hacer la estatua: gaoneras con el capote previamente situado a la espalda, al tragantón; impávidos estatuarios iniciales, sin mover un músculo; excelentes naturales; manoletinas… Es también un perfecto ejemplo de algo muy actual: la sabia utilización de los medios. Evitar por sistema la televisión, tan traidora, impide que se vean los posibles defectos. El silencio, la negativa a realizar declaraciones, resulta ser, paradójicamente, la mejor propaganda en una época de tanto barullo mediático. Su personalidad reservada contribuye a hacer de él una esfinge —con o sin secreto—, un mito. Estos factores han desencadenado una catarata de elogios hiperbólicos sin precedentes. Le han llamado El Mesías, El Quinto evangelista, El torero de otra galaxia… Sus partidarios forman una verdadera religión, bautizada como el «tomismo» o «tomasismo». En su última etapa, además, ha calculado al máximo y controlado todos los detalles de sus escasas actuaciones, desde el aforo hasta las reses. Así, convierte cada una de ellas en un acontecimiento único, al que acuden, en peregrinación, sus partidarios. Evita las plazas de mayor exigencia, como Madrid, Sevilla y Bilbao. Elude a sus posibles rivales, no ha aceptado el reto de Enrique Ponce: hubiera sido una competencia memorable. Elige alternar con diestros de menor categoría o torea él solo cuatro toros (una novedad insólita). Cada ciudad elegida (León, Granada, Jaén, Alicante) le agradece el gesto de torear allí porque eso atrae un turismo internacional que dejará grandes beneficios. Es un gran torero José Tomás, sin duda. Lo demuestra, por ejemplo, toreando al natural. Pero yo soy tan antiguo que sigo con las ideas de siempre: la auténtica primera figura demuestra serlo toreando en las plazas más exigentes y compitiendo con sus mayores rivales. En términos futbolísticos, me gusta ver al Real Madrid en la Champions, no en partidos amistosos. Al día de hoy, no sé si José Tomás volverá o no a torear, ni siquiera si está o no en activo.

Jesulín de Ubrique

Actuó en los ruedos por primera vez con trece años; con caballos, dos años después. Demostró pronto sus cualidades toreras: capacidad, mando, temple. Y las humanas: inteligencia natural, simpatía, desparpajo. Su alternativa en Nimes, en 1990, supuso un acontecimiento.De acuerdo con las estrategias publicitarias de Manuel Morilla, su apoderado, se convirtió en un auténtico fenómeno de masas. Durante tres años seguidos, lideró el escalafón con más de un centenar de corridas toreadas, batiendo todos los récords: en 1994, toreó 153 tardes y cortó 339 orejas; en 1995, 161 corridas, el récord absoluto de todos los tiempos, y 279 trofeos; en 1996, 121 corridas. Sea porque le gustaba provocar o porque se lo aconsejó su apoderado, incurrió en numerosas extravagancias. Recuerdo, en Fallas, un vestido de color amarillo, bordado con calaveras, que horrorizó a los demás toreros. En un programa de televisión, se bajó los pantalones para enseñar las cicatrices de sus cornadas. Grabó una canción que concurrió al Festival de Benidorm. Se subió a un toro como si fuera un caballo. Se dejó vivo voluntariamente una res. Organizó en Aranjuez una corrida solo para mujeres, con el rótulo «Va por ellas», y declaró que «son lo más bonito que inventó Dios»; en la vuelta al ruedo, le tiraron bragas y sujetadores… No hace falta decir que todo esto le proporcionó una enorme popularidad y también el rechazo de muchos aficionados. Se retiró de los ruedos en 1999, con veinticinco años. Se convirtió en un personaje mediático por sus frecuentes apariciones en televisión. También, en un protagonista de la prensa rosa por sus dos parejas, Belén Esteban (desde ١٩٩٧) y María José Campanario (٢٠٠٢). Sufrió un grave accidente de automóvil.Volvió a los ruedos en el 2001 en Olivenza. Se retiró en 2007. Lo intentó de nuevo en 2010 para conmemorar sus veinte años de alternativa. Toreaba bien, con temple y mando, pero el público lo acogió con frialdad. Ha intervenido en la película Torrente 5. Recuerdo bien una discusión que tuve en Radio Nacional de España con Manuel Morilla, su apoderado, en el momento de mayor popularidad del torero. Le advertí de que estaban siguiendo un camino muy peligroso a la larga. Me dijo que Jesulín era muy joven, que ya tendría tiempo de cambiar… La realidad ha demostrado que en el aspecto taurino se equivocaba: cuando provocas que te pongan un sello, es muy difícil luego cambiarlo. Jesulín obtuvo mucha popularidad y mucho dinero, pero lo hizo siguiendo un camino equivocado. Luego, lo ha pagado: el personaje mediático devoró al torero. También es matador de toros y también ha frecuentado las televisiones su hermano Víctor Janeiro (Ubrique, 1979; alternativa: 1999).

Juan José Padilla

El 7 de octubre de 2011, una terrible noticia nos conmovió a todos: en la plaza de Zaragoza, Juan José Padilla había sufrido una espeluznante cornada en la cara de pronóstico gravísimo. No era ese su primer percance grave. Menciono solo dos. El 12 de agosto de 1999, en Huesca, un toro de Teófilo Segura le corneó en el tórax y el abdomen. El 14 de julio de 2001, en Pamplona, un toro de Miura le hirió gravemente en el cuello. En Zaragoza, el acierto de los médicos logró salvarle la vida, pero había perdido el globo ocular y sufrido múltiples fracturas en el rostro. Durante meses, con una entereza ejemplar, Padilla soportó una cadena de operaciones quirúrgicas. La sorpresa llegó cuando decidió volver a los ruedos. En Olivenza, el 4 de marzo de 2012, volvió a hacer el paseíllo con un parche negro en el ojo. Todavía no se habían cumplido ni los cuatro meses desde su cornada. Dios, los médicos y su fuerza de voluntad habían hecho el milagro. Faltaba la segunda parte: torear. Padilla pasó el examen con nota. No se advirtieron secuelas y se fue templando, en series emocionantes. Fue una tarde inolvidable. Se había recuperado al torero y al hombre. No estaba considerado Padilla un artista, sino un diestro valiente, espectacular, con amplio repertorio, que conectaba fácilmente con el público. Detrás de eso había un lidiador que había aprendido el oficio con Rafael Ortega y Ruiz Miguel, y que lo había consolidado en muchas corridas duras. En esta nueva etapa, le dieron oportunidades que antes no había tenido (mejores carteles, reses más manejables) y las aprovechó sin dejar de ser fiel a sí mismo, aunque todavía tenía que superar importantes secuelas. Se sucedieron los triunfos del Pirata (era su nuevo apodo por el parche en el ojo). Vivió momentos tan emocionantes como la vuelta a Zaragoza o el fervor de las peñas de Pamplona, que lo habían convertido en su nuevo ídolo y le tiraron banderas negras. En toda España, Padilla se había convertido en un símbolo de la entereza, la resistencia al dolor, la fuerza de voluntad que vence todas las dificultades: lo que los cursis llaman ahora resiliencia y que en el toreo se había llamado siempre crecerse en el castigo. La tarde más triunfal de toda su larga carrera la vivió en Sevilla, el 16 de abril de 2016. Después de dos emocionantes trasteos, cortó tres orejas y logró cumplir su sueño. Tituló ABC de Sevilla al día siguiente: «Un ciclón pasó por la Puerta del Príncipe». Ciclón era el apodo que le daban a Padilla antes del percance de Zaragoza. Al final de la temporada 2017, anunció que la siguiente sería la última suya: una decisión prudente, acertada. A lo largo de todo el año 2018, Padilla fue recibiendo el cariño y el respeto de todos los públicos de España. Todavía hubo momentos especialmente dramáticos. En Arévalo, el 7 de julio, el toro, como si fuera un indio de las películas del Oeste, le arrancó parte del cuero cabelludo. España entera se acongojó con la fotografía del «colgajo» —así lo llamó él— de 20 centímetros de piel herida y con la calva recosida con «40 o 50 grapas». A partir de entonces, además del parche negro en el ojo, llevó un pañuelo negro anudado en la nuca (no podía ponerse la montera): un completo Pirata. Su definitiva despedida en España tuvo lugar en la última corrida de la Feria del Pilar, el 14 de octubre. Muchas veces, cuando tiendo a achicarme ante algún dolor o contrariedad, me acuerdo de mi amigo Juan José Padilla y eso me da nuevos ánimos. Con toda justicia, el pueblo español le ha hecho su héroe.

José Miguel Arroyo Joselito

o tuvo una infancia ni una adolescencia feliz. Siendo muy chico, les abandonó su madre; a los doce años, murió su padre. Como le ha contado a Paco Aguado, el toreo le salvó, quizá, de la delincuencia juvenil. También vivió tragedias como las muertes del Yiyo y de su banderillero El Campeño. Se formó en la Escuela de Tauromaquia de Madrid: allí conoció a sus grandes amigos, El Fundi y El Bote. El director, Enrique Martín Arranz, fue su mentor y apoderado: acabó casándose con su hija; ya retirado, comparten los dos la ganadería brava. Se dio a conocer Joselito al triunfar rotundamente en Las Ventas el 5 de abril de 1986, en el festival a beneficio de los damnificados de Colombia. Siendo todavía novillero, les ganó la partida esa tarde a figuras consagradas como El Cordobés, Antoñete y Palomo Linares. Interrumpió sus primeros éxitos como matador en el San Isidro de 1987 una grave cornada que le dio un enorme toro de Peñajara, que pesó 697 kilos: «Tenía el cuello rajado de la nuez a la oreja, con las venas al aire. Vi que no me venía abajo y ahí cambió mi toreo. Se hizo más reposado, más real. Se acabó aquel Joselito que lo hacía todo acelerado». Poseía un concepto clásico de la lidia: era variado con el capote, resucitaba viejos quites. Con la muleta, toreaba muy relajado, con desmayo. Y su gran arma: era un extraordinario estoqueador. Alcanzó la cumbre de su carrera el 2 de mayo de 1996 en Las Ventas al matar seis toros con seis estocadas y cortar seis orejas: «Hubo un momento maravilloso durante la lidia del cuarto, cuando, al rematar una tanda de muletazos, vi a toda la gente puesta en pie… Aquella olla a presión era un clamor de 20.000 personas, gritándome: “¡Torero, torero!”». Ocho días después, en la misma plaza, Ponce y él rivalizaron en un tercio inolvidable: cinco quites en un solo toro. Quisieron enfrentarle con Espartaco, con Ponce, pero no entró al trapo; él iba siempre por libre. Su temperamento repercutía en los altibajos de su carrera. Se retiró en 1998, cuando parecía haber perdido la ilusión. Decidió reaparecer por una sola tarde en Istres (Francia) el 15 de junio de 2014. Cuando descubrió que su hija se declaraba antitaurina, escribió un libro: Los toros explicados a mi hija. Intervino en defensa de los toros en el Parlamento de Cataluña. Ha sido un rebelde, un inconformista, una personalidad compleja. Valoraba sobre todo su independencia. Ha ido siempre por libre. Lo explicaba con una frase, digna de un hidalgo del Siglo de Oro: «Mi miedo y mi hambre los administro yo».

Juan Antonio Ruiz Espartaco

Entre 1980 y 1990, Espartaco fue ocho veces líder del escalafón, superando el récord de Domingo Ortega. Heredó el apodo de su padre, Antonio Ruiz. (Se lo había puesto El Pipo, el lanzador de El Cordobés, por la película de Stanley Kubrick sobre el esclavo romano). También fue matador de toros —luego, banderillero— su hermano menor, Francisco José, Espartaco Chico (Espartinas, 1966; alternativa: 1989). Ha triunfado como picador su hermano Manuel Jesús (1971). Todos coinciden en alabar al padre como incansable «entrenador» de toreros. A él se debe, en buena parte, que Juan Antonio eligiera este camino. Ya se vistió de luces a los doce años; toreó en la parte seria del espectáculo de El Chino Torero. De novillero, compitió con Emilio Muñoz. Fue para él decisivo, también, ser apoderado por los Lozano. Tomó la alternativa en 1979. Logró abrir la Puerta del Príncipe por primera vez en 1982, pero las cosas no acababan de funcionar; tanto era así, que tenía pensado pasar a vestirse de plata cuando llegó la tarde decisiva, el 25 de abril de 1985, en la Maestranza, con el toro Facultades, de Manolo González. Recuerdo bien el asombro gozoso del público sevillano esa tarde al descubrir a un diestro que sabía torear mejor, más despacio, con más arte, de lo que pensaban. Ese mismo año, abrió la Puerta Grande de Madrid. Luego, se encadenaron los éxitos; también, las polémicas. Los exigentes le criticaban su estética. Una tarde muy importante, con serios toros de Alonso Moreno, le sirvió para convencer al público de Madrid. Abrió cinco veces en total la Puerta del Príncipe: en 1982, 1985, 1986, 1987 y 1990. Siendo ya figura, tuvo el gesto de encerrarse en Sevilla con seis Miuras el 3 de mayo de 1987: aunque no cortó trofeos, es una de las tardes de las que él se siente más orgulloso. No estaba dotado de especiales cualidades artísticas, pero era un torero muy dominador, en la línea de Luis Miguel o Paquirri. Nadie le puede negar su indomable voluntad. (El libro biográfico de Rafael Moreno, su apoderado durante muchos años, se subtitula El largo y difícil camino del éxito). Junto a ella, el esfuerzo, el valor y, sobre todo, la técnica. Sobando mucho al toro, conseguía que casi todas las reses se entregasen a su muleta. Las llevaba muy largo, mandando mucho, con un toreo en línea. Con la espada, era un verdadero cañón. La carrera de triunfos se interrumpió por una lesión en la rodilla en 1995. La sufrió jugando un partido de fútbol benéfico, y le tuvo fuera de los ruedos cuatro años. Reapareció en 1999 en Olivenza. En la fase final de su carrera, actuando ya en menos festejos, consiguió torear con mayor lentitud y gusto, para sí mismo. Accedió a torear por última vez el Domingo de Resurrección de 2015 en la Maestranza, en Sevilla, para dar la alternativa a su paisano Borja Jiménez (que ha triunfado rotundamente con Victorinos en la Feria de Otoño de 2023). Fue un final absolutamente feliz, con un público totalmente entregado. Al final, le cortaron la coleta su padre, Antonio, y su hijo, Juan. Atrajo la atención de la prensa rosa al casarse con Patricia Rato en 1991; se divorciaron en 2010. Ver a Espartaco dominar a toros difíciles era una lección y un verdadero placer. Ahora, se ocupa de sus hijos y de su ganadería. Como persona, es educado, afable y de una gran sencillez.

Paco Ojeda

Es un claro ejemplo de lo que se llama, en toros, un fenómeno: un diestro que rompe todas las reglas y se escapa a todas las clasificaciones. Nació en una casa humilde, en las marismas del Guadalquivir. Trabajó en diversos oficios antes de intentar la aventura taurina. Triunfó en Sevilla como novillero, pero le costó mucho abrirse camino. Su destino cambió bruscamente en una tarde. El 25 de julio de 1982, en Las Ventas, fuera de Feria, en una corrida veraniega, con un toro de Cortijoliva, causó sensación con un toreo distinto a todos. El 12 de octubre de ese mismo año, mató seis toros de Manolo González y abrió la Puerta del Príncipe. En 1983, se consagró al salir a hombros dos veces en la Feria de San Isidro, el 18 y el 30 de mayo. Se convirtió en un ídolo en Francia. Se hablaba ya del ojedismo. Su triunfo dividió a crítica y público. Ejemplos: Alfonso Navalón lo calificó como «un saco de patatas». Le censuraban que usara un capote demasiado grande. Para José Antonio del Moral, en cambio, ha sido «el último revolucionario del toreo». El propio Ojeda le ha explicado así a Zabala de la Serna las razones de su éxito: «Sucedió lo que tenía que suceder. Detrás, había muchas marismas, muchas lunas, mucha soledad y mucho abandono. Llevé a la plaza el silencio del campo, su impresionante música, toda la creación de tantas noches». Surgió la leyenda: se decía que practicaba en el campo con vacas viejas; que hablaba a los animales; que enseñaba a embestir a los caballos… En cambio, cuando no se sentía a gusto con un toro, no sabía taparse. Parecía tener escasa ambición. En 1987, Ojeda toreó en solitario la corrida goyesca de Ronda y cortó cinco orejas. A partir de 1988, se sucedieron las retiradas y las reapariciones. En 1994, volvió a los ruedos como rejoneador. En 2103, participé en el jurado que le concedió el Premio Nacional de Tauromaquia. Según la nota oficial, se le premiaba «por su gran personalidad estética y la enorme influencia que su concepción del toreo ha tenido en toda la tauromaquia posterior». ¿Qué novedad aportaba Ojeda? De fuerte complexión, clavaba los pies en la arena y lanceaba con solemne plasticidad. Después de culminar las suertes fundamentales, le gustaba meterse en el terreno del toro y ligar allí pases por uno y otro lado en un palmo de terreno. (Todo eso, claro, cuando el toro se lo permitía). Mataba de forma espectacular, con el tranquillo de dar un salto. En una época en que predominaba el unipase, restauró Ojeda la emocionante ligazón. Más que conducir la embestida de los toros, usaba la técnica del parón. Su encimismo enloquecía a las masas. Era un estilo anunciado por Dámaso González y continuado, luego, por Jesulín de Ubrique. El propio Ojeda ha matizado lo de su encimismo con paradojas: «Yo opté, no por invadir el terreno del toro, sino por dejar que el toro invadiera el mío. Nunca me he pegado un arrimón, he permitido que el toro se arrimase a mí, que es diferente. Y, desde ahí, sacármelo, traérmelo, sentirlo, crear belleza. Al tercer pase, yo le quitaba la muleta de la cara, me ponía los pitones en el pecho». Aunque yo no sea partidario de lo que ahora suele llamarse el arrimón, que practican muchos toreros, al final de la faena, hay que reconocer que Ojeda lo hacía con una personalidad propia, uniendo dramatismo y plasticidad.

Paco Camino

Es, sin duda alguna, uno de los más grandes toreros. Sobre todo, poseía condiciones extraordinarias de nacimiento. Fue un «niño prodigio», comenzó toreando de pantalón corto, como un Arturito Pomar o un Pierino Gamba, pero del toreo. Cuentan que, de chiquillo, si le apetecía algún capricho, le ponían como condición que cortara las orejas al próximo novillo…, y él no tenía problemas para lograrlo. Desde muy joven, mostró cualidades fuera de lo común para el toreo; sobre todo, algo que se tiene o no se tiene: una cabeza extraordinaria para entender rápidamente las condiciones de los toros. Por eso le llamaron, desde muy pronto, el Niño Sabio de Camas. Carlos Abella le bautizó como el Mozart del toreo. Ha sido, ante todo, un gran lidiador, un torero completo, en la línea de los diestros más poderosos: Joselito el Gallo, Marcial Lalanda, Luis Miguel Dominguín… Pero este tipo de toreros no suelen tener una gran estética y Paco Camino sí la tenía, con una gracia sevillana natural, sin artificios, que hacía más atractivo su clasicismo. Salvo las banderillas, que no practicaba, dominaba todas las suertes. Toreaba muy bien a la verónica; dio un sello personal a las chicuelinas de frente, mandando en el toro, con las manos muy bajas. Con la muleta, era poderosísimo: dominaba a los toros mansos con sus naturales, llevándolos lejos, muy sometidos. Y ha sido uno de los mejores estoqueadores de la posguerra, seguro y espectacular. En una fotografía que se hizo famosa, se ve un volapié suyo simplemente perfecto: los pies, en el suelo, sin saltos; la mano derecha, hundiendo la espada en todo lo alto; la izquierda, llevando embebido al toro en la muleta. Todo ello, tranquilo, sereno, impecable, como si fuese una escultura. Quizá alcanzó su cumbre el 4 de julio de 1970, en la Corrida de la Beneficencia, al matar siete toros (incluido el sobrero) de diferentes ganaderías con toda facilidad, sin aparente esfuerzo. Muchos buenos aficionados siguen recordando aquella tarde como una de las más grandes de toda su vida. Fue un ídolo en plazas tan exigentes como Madrid y Bilbao. Tiene el récord de haber salido a hombros diez años consecutivos, entre 1967 y 1976, por la Puerta Grande de Las Ventas. También ha sido uno de los toreros españoles más consentidos por la afición mexicana. En cambio, nunca consiguió entrar plenamente en Sevilla, que se rindió a Curro Romero, su paisano. Si reunía Camino tantas cualidades, ¿qué le faltaba para ser el torero ideal? Solamente algo de carácter: como les suele pasar a los toreros que lo hacen todo con facilidad, solía caer a veces en la abulia, en cierto conformismo; es lo que Antonio Díaz-Cañabate, gran partidario suyo, bautizó como «la mandanga», aunque al torero no le hiciera ni pizca de gracia. Con un carácter más guerrero, más luchador, hubiera mandado en el toreo todo lo que hubiera querido. Si pudiéramos unir el talento de Paco Camino con el carácter de Diego Puerta, su gran amigo, estaríamos muy cerca del torero ideal. A Ya retirado, reapareció en Nimes el 26 de septiembre de 1987 (igual que El Litri) para dar la alternativa a su hijo Rafael. Su sobrino, del mismo nombre, tomó la alternativa y pasó luego a ser banderillero. También se ha vestido de luces alguna vez su hijo Francisco. Pasó Paco Camino el duro trance de ver cómo su hermano Joaquín, novillero y luego banderillero, recibió una cornada mortal en Barcelona el 3 de junio de 1973. Protagonizó la película Fray Torero (1966), de Sáenz de Heredia. Como le conozco hace muchos años y sabe lo que le admiro, siempre discutimos porque yo sostengo que, habiendo sido mucho en el toreo, todavía habría podido ser mucho más si hubiera querido. (Me acuerdo de la frase de Manolo Vázquez: «Pero querer querer, de verdad…»). Él lo niega: «Si no llegué a más fue porque no podía, no porque no quisiera». Los dos tenemos parte de razón, supongo. Con su precisión habitual, lo definió Marcial Lalanda: «Paco Camino poseía un extraordinario conocimiento de su profesión». De muy pocos hizo Marcial un elogio tan rotundo.

Rafael de Paula

Muchos han comparado a Rafael de Paula con Curro Romero. Les unen, evidentemente, varias cosas; sobre todo, la concepción estética del toreo, la irregularidad, la afición al flamenco… Y también les separan varias: en Rafael, es mucho más fuerte la raíz gitana, el indefinible duende, el quejío. Además, las condiciones físicas le han limitado mucho. No se parecen en el carácter; a diferencia de Curro, Rafael se ha visto envuelto en varias polémicas y escándalos a lo largo de su vida. Era un niño del muy gitano barrio de Santiago, en Jerez. Cuenta la leyenda que impresionaron sus maneras al viejo Juan Belmonte: mandaba a su chófer para que lo recogiera y verlo torear para él solo. Tomó la alternativa en 1960 en Ronda. Tardó catorce años en confirmarla en Madrid. Ese mismo año, el 5 de octubre, en Vista Alegre, alternando con Antonio Bienvenida y Curro Romero, bordó el toreo de capa. Conozco a aficionados que han puesto, en su casa, una enorme ampliación fotográfica de una verónica de Rafael de Paula, esa tarde. Después de verlo, José Bergamín, que, de joven, había sido el gran defensor de Joselito el Gallo, escribió el libro La música callada del toreo: había nacido el mito. Otra actuación memorable, en Jerez, el 17 de mayo de 1979, ha quedado inmortalizada en esa plaza en una placa de bronce. Una más en Las Ventas, el 28 de septiembre de 1987, ante un sobrero de Martínez Benavides, cautivó al público madrileño. Junto a eso, no faltaron broncas ni toros al corral por sus fallos con la espada o, simplemente, por negarse a intentarlo. Paula es un personaje muy peculiar que ha dado lugar a varios escándalos. En 1985, fue detenido e ingresó en prisión por haber contratado supuestamente a alguien para que atacara a un amante de su mujer. En 2012, abandonó a mitad un acto de homenaje que le dedicaban, en el Parador de Ronda, después de aconsejar al público que no compraran el libro escrito por su hijo. También hizo duras C declaraciones contra varios toreros después de otro homenaje que le hicieron y ha tenido problemas con más de un periodista… Pocos diestros han inspirado a tantos poetas: López Anglada, Antonio Murciano, Felipe Benítez Reyes, Manuel Ríos Ruiz, Carlos Marzal… Se han hecho famosas muchas de sus frases: «No soy un torero artista, sino un torero de arte, que no es lo mismo… Mi toreo es arte puro, sentimiento puro. Lloro cuando toreo… Mi Dios profesional fue Juan Belmonte… He estado a merced de los toros no porque no supiera, sino por mis rodillas. Desde que estoy operado de las rodillas, ahí se acabó mi vida». No ha destacado por su humildad: «Yo soy el arte del toreo. Yo soy el que mejor ha toreado de todos los tiempos… Hay tres toreros en la historia que han toreado con los dos, capote y muleta: Juan Belmonte, Antonio Ordóñez y Rafael Soto Moreno» (es decir, él mismo). Toreando, siempre eligió la línea del arte, no la de la técnica ni el dominio. Personalmente, ha sido un caso único.

El Cordobés

Manuel Benítez revolucionó el planeta de los toros. Fue también un fenómeno social en la España de los sesenta. En un reciente libro, Fernando González Viñas lo define como «el milagro pop»: una válvula de escape para aquella sociedad española que pedía una ruptura total. Pasó de robar gallinas a ser un ídolo mundial. Fascinó a Brian Epstein, que proyectó rodar una película con él y con los Beatles. Dos fabricantes de best sellers, Lapierre y Collins, le dedicaron su libro O llevarás luto por mí, que se vendió en todo el mundo. El Pipo, su apoderado, confiesa en un curioso libro los increíbles trucos publicitarios que urdió para lanzarlo: organizaba los festejos, vendía las entradas, los presidía, le concedía los trofeos (si era necesario, de otro novillo)… Contaba con la gran baza de la simpatía y la inteligencia natural de un personaje dispuesto a todo por escapar de la miseria. En los ruedos, El Cordobés acabó creando una técnica propia; sobre todo, con la muleta. El salto de la rana y otras excentricidades eran solo el señuelo para las masas ignorantes, pero surgía después de haber pisado un terreno muy comprometido, clavando los pies en la arena y dominando a los toros con un eficaz juego de muñeca. (Lo hacía, eso sí, con un toro muy disminuido). De hecho, logró triunfar también en La Maestranza y en Las Ventas. Las retransmisiones televisivas de sus corridas paralizaban España entera. Toreó en un festival extraordinario para Franco, en una placita portátil, en El Pardo. Amenazó con retirarse y todos los empresarios acudieron a su finca a rogarle que no lo hiciera. Con Palomo Linares, hizo la gira de Los guerrilleros, defendida por el periódico Pueblo, dirigido por Emilio Romero. Protagonizó las películas Aprendiendo a morir (1962), de Pedro Lazaga, y Chantaje a un torero (1963), de Rafael Gil. Intentaron imitarlo El Otro, El Platanito. Decidió retirarse en Albacete el 14 de septiembre de 1981, cuando su segundo toro hirió de muerte a un espontáneo. Los defensores del toreo clásico no apreciaron su estilo, pero las masas se le entregaron. Su mejor resumen es su frase: «Yo me debo al pueblo». Un auténtico fenómeno. Ha seguido su estilo Manolo Díaz, El Cordobés hijo, nacido en Arganda del Rey (Madrid) en 1968. Tomó la alternativa en 1993. Después de una larga lucha, ha conseguido que su padre lo reconociera. Como él, es listo y muy simpático, conecta fácilmente con el público. Su padre le ha cortado la coleta en Jaén, al final de la temporada 2023.

El Viti

Los tópicos hablan de su seriedad castellana y de que era el mejor estoqueador. Lo primero sí es cierto; lo segundo, no, aun siendo un buen matador. No poca gente confundía su preparación para la estocada con los tres tiempos que debe tener la suerte, según las Tauromaquias clásicas. Su toreo tenía sabor campero, técnica impecable. Basaba toda la lidia en su obsesión por el temple y la suavidad. Quizá le influyó una lesión en el brazo para que predominara, en su estilo, la trayectoria circular. Brilló especialmente en la verónica, cargando la suerte; la media belmontina; los naturales y derechazos, dando el pecho; sus peculiares molinetes y afarolados, muy lentos. Por la suavidad de sus trasteos, la crítica lo vio como el enfermero ideal de los toros justos de fuerzas (que, por desgracia, no eran pocos, en su tiempo). A comienzos de los sesenta, alternó mucho con Diego Puerta y Paco Camino: un cartel inolvidable, con tres grandes matadores de cualidades muy diferentes y complementarias. Fue un ídolo de Las Ventas, donde llegaron a pedirle un rabo, en 1966. También logró entrar plenamente en La Maestranza, a pesar de que su estilo, tan sobrio, no era, en principio, el preferido por la afición sevillana. La Junta de Castilla y León le distinguió con su Premio de las Artes en 2010. Santiago es hombre reflexivo, de hondo pensamiento y pocas palabras. Lo ilustra una anécdota. En Alicante, en un coloquio, alguien aventuró que un torero puede llegar a amar a un toro como un varón ama a una mujer. Con laconismo sentencioso, se limitó a contestar: «Más». Sus opiniones sobre el toreo van unidas a sus reflexiones sobre la vida: Mi padre, buen aficionado, me transmitió la pasión de las cosas de la vida, porque no se puede torear sin poner pasión. El toreo es como un abrazo a lo que estás haciendo y tienes que expresarte a través de él en esa unión. Cuando se torea con sentimiento, se transmite también al público… No existe una forma de torear ortodoxa y única. Cada uno torea como lo siente y, en esa línea, intenta ejecutarlo lo mejor posible. Casi toda su carrera la dirigió un apoderado independiente, Florentino Díaz (solo en su última reaparición lo llevó Balañá). Ha sido responsable de la ganadería de Garzón, su pariente. Como enamorado de su arte, le han dolido especialmente los últimos ataques a la fiesta y lo ha dicho con rotunda claridad. Jugando con las iniciales de su nombre y apellido, le apodaron Su Majestad. Queda en la historia como hombre serio y diestro clásico.

Curro Romero

A unos pocos metros de la Puerta del Príncipe, los turistas se retratan ante el monumento a Curro Romero, en un solemne desplante, típico suyo. Es uno más de los mitos o sueños de Sevilla. Unas pocas fechas y datos. Toreó por primera vez en Utrera, en 1954. Se presentó en Madrid en 1957; esa temporada, toreó cinco tardes en Sevilla. Ha estado en los ruedos cuarenta y dos años, actuó en cerca de 900 corridas. Ha abierto cuatro veces la Puerta del Príncipe y siete, la Puerta Grande de Madrid. Se despidió en un festival, en La Algaba, el 22 de octubre de 2000. En lo personal, en 1962 se casó con Concha Márquez Piquer. En 2003, por lo civil, con Carmen Tello (en 2023, han contraído matrimonio religioso). Ha superado una enfermedad en la laringe. Lo he visto hace poco en Sevilla: se conserva bien, recibe con su habitual discreción el fervor de sus adoradores. Pocos toreros, en toda la historia, han alternado tanto los triunfos y los fracasos, han suscitado tantas polémicas. A lo largo de su dilatada carrera, algunos espectadores le han lanzado orinales y papel higiénico; uno se tiró al ruedo, en Las Ventas, para agredirlo. Y también ha triunfado reiteradamente en la Maestranza y en Las Ventas, sus dos plazas. Lo explica así Cossío: «Pertenece a una especie de toreros artistas, por la gracia de Dios. Nunca supo, o quiso, taparse con los toros que no fueron de su agrado y de ahí los rotundos fracasos que debemos anotar en su debe. Pero en ocasiones, escasas, si se quiere, supo destapar su tarro de las más clásicas esencias». Es el ejemplo máximo, en nuestro tiempo, del toreo de arte, imprevisible y genial, al que los públicos esperan con paciencia. Le bastaba con unas verónicas, en el quite del perdón, para poner a la gente de pie, en los tendidos. Así lo descubrió Cañabate: «Vino a la Feria de Sevilla y el duende le acompañó, embrujado, en la muleta. Y no fue Curro Romero, fue el duende el que toreó». Muy pocos diestros han suscitado tales fervores. Sus seguidores son fieles de una verdadera religión, el currismo. Demuestra su trascendencia social el hecho de que ha llegado a ser definido en una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía: «El currismo es un sentimiento que es indudable y notoriamente altruista a favor del diestro, arraigado y profundo como el que más, creador de una ilusión permanente, de una esperanza incondicional y de una forma de entender la vida». Es el único caso que yo conozco de que la prosa judicial, tan precisa, intente definir un sentimiento taurino… Camarón de la Isla, buen amigo de Curro Romero, sintetizó su arte: «La esencia de los toreros». Utilizó esto como subtítulo, en su libro sobre Curro, Antonio Burgos, uno de sus máximos partidarios. Lo pone como ejemplo de superación y síntesis de «las dos orillas» que, según él, tiene el toreo sevillano: «Esa suprema contradicción entre Triana y Sevilla, entre lo apolíneo y lo dionisíaco del toreo, tiene su clave en Curro Romero… Siendo el torero de Sevilla, jamás ha toreado con los pies juntos y las manos altas, apolíneo, sino que su hondura ha venido siempre del desgarro dionisíaco trianero». Así ha sido siempre Curro, no ha engañado a nadie: un diestro de fuerte personalidad, que toreaba con suavidad y plástica especial cuando estaba a gusto con un toro. El público lo esperaba y sus partidarios se encandilaban con su estilo único: su forma de hacer el paseíllo; los andares; las solemnes verónicas; los derechazos suaves; los apuntes de quiquiriquí; un desplante, cimbreándose sobre los talones… Todo ello, por supuesto, con la repajolera gracia de su tierra. Ha sido un capricho, un sueño de Sevilla. Y de ese Madrid al que le encanta sentirse sevillano.

Miguel Báez Litri

Un torero valiente y una excelente persona. Fue una de las grandes figuras del toreo en los años cincuenta. Aunque había nacido en Gandía y los valencianos le consideraban su paisano, procedía de una familia de valientes toreros de Huelva, marcada por varias tragedias. Este Litri era nieto, hijo y hermanastro de toreros. Y padre de torero, Miguel Báez Espínola, otro Litri, de estilo semejante, que alternó de novillero con Rafi Camino, hijo de Paco, y luego obtuvo grandes éxitos como matador, siguiendo el estilo de su padre. En 1949, la pareja formada por los novilleros Julio Aparicio y Litri obtuvo éxitos arrolladores y fue el centro de los carteles en muchas Ferias. Resultaba atractivo su contraste de estilos: Julio era técnico, dominador; Miguel, el prototipo del valor más puro, natural y auténtico que cabe imaginar. Los dos tomaron juntos la alternativa en Valencia, de manos de Cagancho, el 12 de octubre de 1950. Corrochano realizó el sorteo para determinar quién iba a adquirir primacía en la antigüedad. Aunque el estilo de Litri se puede calificar de tremendista, se rindieron a él los públicos más exigentes, incluidos los de Sevilla y Madrid. Por ejemplo, cortó cuatro orejas en la Corrida de Beneficencia de 1951. Recuerdo bien, en Las Ventas, la emoción enorme del litrazo: citaba al toro desde el otro extremo de la plaza, con la muleta escondida detrás del cuerpo, y solo la sacaba en el momento justo en que llegaba a su jurisdicción. Luego, encadenaba manoletinas de rodillas, muletazos mirando al tendido. Las certeras estocadas provocaban el estallido de pasión y el corte de trofeos. Después de varios descansos y reapariciones, volvió a los ruedos por última vez el 26 de septiembre de 1987, en Nimes, para dar la alternativa a su hijo Miguel, la tarde en que Paco Camino hacía lo mismo con su hijo Rafael. Protagonizó la película El Litri y su sombra (1959), dirigida por Rafael Gil. Ya retirado, lo traté yo en las Ferias de Valencia, a las que le gustaba acudir. Pocas figuras del toreo he conocido de tan extremada sencillez: nos gastaba bromas sobre lo elegante que le hacía vestir su mujer… No le gustaba la vida social; prefería reunirse con sus amigos y prepararles una buena paella (de esa habilidad suya sí que presumía). En su barrio, en Huelva, solían disparar un cohete para dar noticia de cada oreja que cortaba y una traca por cada rabo. Gerardo Diego lo evoca con cariño en un poema. La «pirotecnia» del Litri, su toreo explosivo, cautivaron a todos los públicos. Queda en la historia como uno de los máximos exponentes del más auténtico valor: una de las grandes verdades del toreo.

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