Cincuenta razones para defender las corridas de toros, según Francis Wolff.
¿Le gustan las
corridas de toros?
¡Sepa defenderlas!
¿No le gustan
las corridas de toros?
PREFACIO
Desde hace algunos años ha comenzado una nueva batalla
contra la fiesta de los toros. Diversos tipos de prohibiciones han sido
propuestos; han intentando por un lado
restringir el acceso de los menores, como en Francia o en el País Vasco, y por
otro prohibir directamente las corridas de toros, como en Cataluña. La
restricción, por el momento, ha perdido, la prohibición podría ganar un día de
éstos. Esta brusca movilización antitaurina ha tenido como consecuencia, en
Francia, la creación de una organización que aglutina a todas las asociaciones
(de aficionados, de profesionales y también de políticos) implicadas en la
defensa de las corridas de toros, denominada el “Observatorio Nacional de las
Culturas Taurinas”, cuya misión es la vigilancia permanente sobre las
iniciativas antitaurinas: se ha convertido en el único interlocutor legítimo
ante los poderes públicos para tratar de estas cuestiones.
En Cataluña existe la Plataforma para la Promoción y
Difusión de la Fiesta, que desarrolla un trabajo análogo pero en situación de
urgencia, dadas las amenazas inmediatas que se ciernen sobre las corridas de
toros en esa comunidad. Y la Mesa del Toro, formada inicialmente sobre todo por
profesionales, es la que toma iniciativas similares en todo el estado español,
e incluso en la Comunidad Europea. Esta pequeña obra, que no tiene ningún afán
comercial ni literario, nace con el propósito de contribuir al esfuerzo
explicativo en defensa de las corridas de toros, que las mencionadas
organizaciones llevan a cabo.
El único objetivo es ofrecer un resumen de los principales
argumentos a favor del mantenimiento de las corridas de toros en las zonas
donde están tradicionalmente implantadas. Muchos de los argumentos figuraban
ya, de una u otra forma, en mi Filosofía de las corridas de
toros, Bellaterra, 2008, donde proponía desvelar el sentido y los
valores éticos y estéticos de la tauromaquia. Este libro fue escrito en un
época en la que las campañas abolicionistas no habían comenzado abiertamente y,
por tanto, no tenía el objetivo apologético que algunos le han querido ver. Los
argumentos para
“defender” las corridas de toros se encontraban pues
dispersos entre propuestas más fundamentales. En el transcurso de las numerosas
discusiones trabadas tras la aparición del libro, quedó clara la necesidad de
que esos argumentos fueran recogidos y sistematizados en una pequeña obra
sintética y accesible. Y es justamente lo que
hemos hecho: rescatarlos y completarlos con aportaciones surgidas del
desarrollo de esas discusiones. Ésta es la única pretensión de este texto: un
arma para una batalla que creemos justa. Las corridas de toros no son sólo un
magnífico espectáculo. No son sólo disculpables sino que además son defendibles
porque son moralmente buenas.
En las siguientes páginas, no hay ninguna explicación sobre
la historia de la fiesta, el desarrollo de las corridas, la técnica y la
estrategia de la lidia, las características de las diferentes ganaderías de
toros, ni de las diferencias entre las escuelas taurinas y los estilos de los
toreros. Todo eso se encuentra fácilmente en excelentes obras. Tampoco se
encontrará aquí uno de los más potentes argumentos a favor del mantenimiento de
la fiesta de los toros en los países taurinos: las razones económicas. Aunque
es cierto que, en España, en el sur de Francia y en América Latina, la fiesta
taurina mantiene decenas de miles de empleos directos e indirectos y constituye
una importante fuente de ingresos para las administraciones estatales,
regionales y locales, este argumento no vale nada si las corridas de toros
fueran inmorales como, por ejemplo, lo son el tráfico de drogas o el de
animales de especies protegidas. Nos situamos en el exclusivo plano de los
valores. Porque pensamos que si las corridas de toros desapareciesen de las
regiones del mundo donde hoy son lícitas, sería una gran pérdida tanto para la
humanidad como para la animalidad.
INTRODUCCIÓN: SENSIBILIDADES
Sólo hay un argumento contra las corridas de toros y no es
verdaderamente un argumento. Se llama sensibilidad.
Algunos pueden no soportar ver (o incluso imaginar) a un animal herido o
muriendo. Este sentimiento es perfectamente respetable. Y no cabe duda de que
la mayor parte de los que se oponen a las corridas de toros son seres sensibles
que sufren verdaderamente cuando imaginan al toro sufriendo. El aficionado
tiene que admitirlo: mucha gente se conmueve, e incluso algunos se indignan con
la idea de las corridas de toros. El sentimiento de compasión es una de las
características de la humanidad y una de las fuentes de la moralidad. Pero los
adversarios de las corridas de toros tienen que saber que los aficionados
compartimos ese sentimiento. Sin duda, esto es algo difícil de creer por todos
aquéllos que piensan sinceramente que asistir a la muerte pública de un animal
(lo que es un aspecto esencial de las corridas de toros) sólo lo pueden hacer
gentes crueles, sin piedad, sin corazón. Ahí radica su irritación, su arrebato,
su animadversión a las corridas de toros. Es difícil de creer y sin embargo es absolutamente
cierto: el aficionado no experimenta ningún placer con el sufrimiento de los
animales. Ninguno soportaría hacer sufrir, o incluso ver hacer sufrir, a un
gato, a un perro, a un caballo o a cualquier otra bestia. El aficionado tiene
que respetar la sensibilidad de todos y no imponer sus gustos ni su propia
sensibilidad. Pero el antitaurino debe admitir también, a cambio, la sinceridad
del aficionado, tan humano, tan poco cruel, tan capaz de sentir piedad como él
mismo. Es difícil comprender la postura
del otro pero hay que reconocer que, en cierto sentido, el aficionado tiene las
apariencias en contra. Por eso su posición necesita una explicación.
La sensibilidad no es un argumento y sin embargo es la razón
más fuerte que se puede oponer contra
las corridas de toros. El problema consiste en saber si es suficiente: ¿la
sensibilidad de unos puede bastar para condenar la sensibilidad de otros?
¿Permite explicar el sentido de las corridas de toros y la razón por la que son
una fuente esencial de valores humanos? ¿Puede bastar para exigir su
prohibición?
El autor de estas líneas garantiza que nunca ha podido
soportar el espectáculo del pez atrapado en el anzuelo del pescador de caña –
lo que efectivamente es una cuestión de sensibilidad. Pero
nunca se le ha pasado por la cabeza condenar la pesca con caña ni tampoco
tratar al pobre pescador de “sádico” y aún menos exigir a las autoridades
públicas la prohibición de su inocente ocio, que ofrece probablemente grandes
placeres a los amantes de esa actividad. (Sin embargo, se “sabe” perfectamente
que los peces heridos “sufren” agonizando lentamente en el cubo, e
indudablemente más que el toro que pelea. Pues bien… La fiesta de los de toros
suscita en los detractores más motivos de indignación y, sobre todo muchos más
fantasmas insoportables, que el eventual sufrimiento objetivo del animal).
Tenemos también algunas razones para pensar que la pesca deportiva con caña ni
tiene el mismo arraigo antropológico ni es portadora de valores éticos y
estéticos tan universales como la fiesta taurina.
Una cosa es extraer las consecuencias personales de la
propia sensibilidad (por eso, yo no voy de pesca) y otra muy distinta es hacer
de dicha sensibilidad un estándar absoluto y
considerar sus propias convicciones como el criterio de verdad. Ésa es
la definición de la intolerancia. Cada cual es libre de convertirse al
vegetarianismo, o incluso a la vida “vegana”: nadie prohíbe a nadie abrazar ese
modo de vida y las creencias que lo acompañan. Pero otra cosa es querer prohibir
el consumo de carne y de pescado, incluso de leche, de lana, de cuero, de miel
y de “todo lo que proviene de la explotación de los animales”. De igual manera
una cosa es prohibirse a sí mismo ir a las plazas de toros y otra muy distinta
es ¡querer prohibir el acceso a los demás!
De igual manera que el aficionado no debería hacer
proselitismo o intentar exportar la fiesta de los toros fuera de sus zonas
tradicionales, el antitaurino no debería hacer demostración de intolerancia
intentando prohibir las corridas de toros allá donde están vivas. Por lo que en
estas páginas sólo pediremos al lector, sea el que sea, dos cosas: escuchar las
sensibilidades y respetar los argumentos.
Es evidente que la mayoría de la población de los países o
regiones concernidas (España, Francia, Portugal y América latina) no es ni
aficionada ni antitaurina. Es globalmente indiferente y estima que hay otras
causas que defender antes que la de la fiesta taurina (la gente tiene
generalmente otras pasiones) o la del bienestar de los toros de lidia (ya hay
bastantes desgracias en la tierra). En ese sentido, los toros ocupan uno de los
últimos lugares en la lista de las preocupaciones de los militantes serios
de la causa animal cuando los comparan con la ganadería industrial, el tráfico
internacional de animales, ciertas condiciones de transporte y de
experimentación animal… Entre los pocos que conocen la fiesta, aunque sea
superficialmente, muchos de ellos estiman que los (supuestos) maltratos
achacables a las corridas no tienen parangón con las verdaderas urgencias y los
verdaderos escándalos de la causa animal. Este no es el lugar donde establecer
la lista. Incluso algunos teóricos serios de esta causa confiesan, eso sí con
la boca pequeña, que las corridas de toros no son más “perjudiciales” para los
toros que lo serían las carreras hípicas para los caballos. (Por los mismos
motivos, ¿se prohibirían las carreras de
caballos? ¿Qué quedaría entonces del último vínculo entre el hombre y el
caballo?)
La desgracia es que en la actualidad prolifera una cierta
moda oportunista, vagamente naturalista, vagamente compasiva, vagamente
“verde”, vagamente “victimista” y sobre todo completamente ignorante tanto de
la naturaleza animal como de la realidad de las corridas de toros. Esta
coyuntura suscita simpatía con cualquier causa animal de manera tan espontánea
como irreflexiva y por tanto despierta la antipatía inmediata contra la fiesta
de los toros. Así, para un gran número de personas, ¿no es cierto que las
corridas de toros son ese espectáculo bárbaro donde se matan en público pobres
animalitos? Entonces, para garantizar el éxito de las campañas antitaurinas,
basta con que unos cuantos militantes exaltados recurran a algunas imágenes
impactantes de la televisión, a algún eslogan (“¡tortura!”) y a alguna injuria
(“¡sádicos!”) simplistas.
En el fondo, lo más sorprendente es la pasión absolutamente
desenfrenada que suscitan las corridas de toros y que está en total
desproporción con lo que suponen. Incluso aceptando las acusaciones más graves
y más falsas de sus detractores (justamente lo que intentaremos refutar en las
páginas siguientes) se debería imparcialmente convenir que el pretendido mal
causado a los animales (durante unos pocos minutos a unas pocas bestias que han
vivido previamente de manera tranquila y libre durante cuatro años) es
incomparable con las condiciones de “vida” (si es que podemos llamar a eso
vida) de la mayoría de animales que se crían para el consumo humano, y que
apenas suscitan alguna puntual reprobación y nunca potentes movimientos de
indignación o de rechazo. (Y no hablaremos de todos los sufrimientos,
aflicciones, penas, frustraciones, calamidades, carencias, privaciones,
miserias, desgracias de todo género que afectan a los hombres del mundo que son
moralmente de un peso infinitamente superior al
del malestar animal y que provocan impotentes protestas rápidamente
olvidadas).
En Francia, los periodistas radiofónicos confiesan que hay
dos temas de los que no se pueden ocupar, a pesar de todas las precauciones
tomadas, sin recibir miles de cartas de protesta trufadas de injurias y
terribles acusaciones de “haberse vendido al lobby” adverso. Estos asuntos son
las corridas de toros y el conflicto palestino-israelí… Da vergüenza este
paralelismo, ¡pero las pasiones humanas son así! Muchas razones pueden explicar
que los toros provoquen pasiones incontestablemente desproporcionadas en
relación a la “causa animal” y sobre todo en relación a las desgracias del
mundo. A continuación intentaremos detallar algunas. El objeto de las más
fuertes emociones colectivas es siempre irracional. Estas emociones entroncan
antes con los males espectaculares y quiméricos, siempre que impresionen la
imaginación, que con las grandes desgracias reales. Esto es así tanto en la causa
animal como en la causa, mucho más trascendente, de la humanidad.
Un militante honesto de la causa animal, discípulo del
filósofo utilitarista Peter Singer, autor del best-seller Liberación
animal, me dijo un día: “el criterio esencial del bienestar animal,
el único por el que deberíamos luchar, reside en las condiciones de vida”. Y
habrá que convenir que, desde este punto de vista, las corridas de toros
podrían recibir una certificación de buena conducta de las asociaciones más
exigentes de defensa de los animales.
Se encontrarán en las páginas siguientes tres tipos de
argumentos. Primero los que responden a las acusaciones más graves que se
formulan contra la fiesta de los toros (argumentos [1]
a [18]). Sin embargo, aunque las corridas de toros no
fueran esa práctica abominable que sus detractores imaginan o
quieren hacer creer, eso no bastaría para hacer de ellas algo bueno, bello o
incluso interesante. Hay que poner en evidencia sus valores (argumentos [19]
a [43]). Finalmente, conviene preguntarse: las
campañas animalistas contra la fiesta taurina ¿no son potencialmente peligrosas
tanto para nuestro concepto de humanidad como para nuestro concepto de
animalidad (argumentos [44] a [50])?.
¿SON TORTURA LAS CORRIDAS DE TOROS?
Calificar las corridas de toros como “tortura” se ha
convertido en un eslogan corriente para los militantes de la causa antitaurina.
Todo detractor serio de la fiesta de los toros tendría que avergonzarse de
semejante ofensa. Salvo que se acepte traicionar el significado de las
palabras. ¿Qué es torturar? Es hacer sufrir voluntariamente a un ser humano
indefenso, ya sea por puro placer (cruel o sádico), ya sea para obtener algún
beneficio como contraprestación de ese sufrimiento (una confesión, una información,
etc.). Por estas cinco razones, las corridas de toros se oponen radicalmente a
la tortura.
[1] Las corridas de toros no tienen como
objetivo hacer sufrir a un animal
La tortura tiene como objetivo hacer sufrir. Que las
corridas de toros impliquen la muerte del toro y consecuentemente sus heridas
forma parte innegablemente de su definición. Pero eso no significa que el
sufrimiento del toro sea el objetivo – de
hecho no más que la pesca con caña, la caza deportiva, el consumo de langosta,
el sacrificio del cordero en la fiesta grande musulmana o en cualquier otro
rito religioso. Estas prácticas no tienen como objetivo
hacer sufrir a un animal, aunque puedan tener ese efecto. Si se prohibieran
todas las actividades humanas que pudieran tener como efecto
el sufrimiento de un animal, habría que prohibir un importante número de ritos
religiosos, de actividades de ocio, y hasta de prácticas gastronómicas,
incluyendo el consumo normal de pescado y carne, que implica generalmente
estrés, dolor e incomodidad para las especies afectadas.
Las corridas de toros no son más tortura que la pesca con
caña. Se pescan los peces por desafío, diversión, pasión y para comérselos. Se
torean los toros por desafío, diversión, pasión y para comérselos.
[2] Las corridas no tendrían ningún sentido sin
la pelea del toro
Torturar a un hombre, e incluso a un animal, es hacerlo
sobre un ser con las manos y los pies atados, y, en cualquier caso, privado de
la posibilidad de defenderse. Y eso, no solo no sucede en la lidia sino que
además sería contrario a su sentido, su esencia y sus valores. La palabra
corrida procede de correr: es el toro el que debe correr, atacar y por tanto
pelear. Lo que interesa a los aficionados es, primero, y para muchos sobre
todo, la pelea del toro. Lo que da sentido a la lidia es la acometividad del
animal, su peculiar manera de embestir, de atacar o defenderse, es decir su personalidad
combativa. Sin la lucha del toro, su muerte y las diferentes suertes del toreo
carecerían de valor. Si el toro fuera pasivo o estuviera desarmado, la lidia no
tendría ningún sentido. De hecho, no sería una corrida sino una vulgar
carnicería (y por tanto no habría razón alguna para hacer de ella un
“espectáculo”). Por ejemplo, las reglas de la ejecución de la suerte de varas
tienen como principio director que el toro acometa al picador y vuelva a
hacerlo, motu proprio. Debe embestir una y otra vez sobre
su adversario alejándose de su propio “terreno” natural, que es el lugar donde
se siente más seguro porque nada le amenaza. Durante toda la suerte debe tener
la posibilidad de “escoger” entre la huída o la pelea. Por decirlo de manera
más directa, la ejecución de la suerte de varas tiene como principio que la
herida del animal sea el efecto de su instinto combativo y la consecuencia de
su propia pelea. ¡Esto es justamente lo contrario de la tortura!
[3] Las corridas de toros no tendrían ningún
sentido sin el riesgo de la muerte del torero
Torturar a un hombre, e incluso a un animal, no es
únicamente hacerlo sobre un ser sin posibilidad de defenderse, es hacerlo con
total tranquilidad y sin asumir el más mínimo riesgo. ¿Somos capaces de
imaginar un torturador herido o matado por su torturado? Evidentemente, no.
Entonces el sentido, la esencia y el valor de la corrida descansan sobre dos
pilares: el primero es la lucha del toro que no debe morir sin haber podido
expresar, de la mejor manera, sus facultades ofensivas o defensivas (argumento [2]);
el segundo pilar, simétrico del primero, es el compromiso del torero, el cual
no puede afrontar a su adversario sin jugarse la vida. Ninguna corrida tendría
interés sin ese permanente riesgo de muerte del torero. ¡De nuevo, esto es
justamente lo contrario de la tortura!
[4]
¡Si un toro fuera torturado
huiría!
La lidia no pretende torturar a un animal indefenso, sino
más bien al contrario consiste en hacer pelear a un animal naturalmente
predispuesto para la lucha (de ahí el nombre de toro de lidia, ver argumento [7]).
Tenemos dos comprobaciones empíricas evidentes: si se le hiciera la prueba del
puyazo a cualquier otro animal (un buey o un lobo), huiría inmediatamente,
puesto que la fuga es la reacción inmediata de cualquier mamífero ante una
agresión. Sin embargo, el toro de lidia, lejos de huir, redobla sus acometidas.
Segunda comprobación: cuando se le hace sufrir a un toro de lidia una verdadera
“tortura” (por ejemplo, una descarga eléctrica como es el caso de algunas
vallas electrificadas), se escapa y huye. Este comportamiento es justamente el
contrario al de su reacción normal durante la pelea en el ruedo.
[5]
Hablar de tortura ¿no es
confundir al hombre con el animal?
La tortura es una de las más abominables prácticas del
mundo. Sea cual sea su finalidad, no puede ser nunca justificada. Llamar a
cualquier cosa tortura, y especialmente hacerlo con las corridas de toros, ¿no
es más bien banalizar el uso de la palabra y así atenuar la condena sin
remisión de esta innoble práctica? (Y eso por no referirnos a todos aquellos
que se rebajan a aludir al nazismo,… ¿no estaríamos cerca de una forma de
negacionismo?). Queriendo agravar el supuesto maltrato del toro que pelea,
recurriendo a una palabra destinada a impactar en la imaginación ¿no están
corriendo el riesgo de hacer más benigna la verdadera tortura? Sería tanto como
decir que la insoportable e interminable tortura del impotente prisionero
político que se halla en el fondo de una celda, es lo mismo que la pelea de un
animal bravo en el ruedo. ¿No constituye esto un auténtico insulto a todos los
torturados del mundo?.
El sufrimiento
del toro
Sin embargo – dirán los escépticos — sigue quedando claro
que el toro sufre durante la lidia y por tanto, ¡es insoportable! No sabemos
demasiadas cosas sobre el dolor animal, que sin duda existe, hecho que no
implica que podamos compararlo con el sufrimiento humano, ya que en el animal
es instantáneo y no va acompañado de la conciencia reflexiva que aumenta el
desamparo. Tampoco podemos olvidar que, en el mundo animal, el dolor tiene
esencialmente un valor positivo y un sentido utilitario: poner en marcha la
reacción adaptada, que consiste generalmente en evitarlo o rehuirlo. ¿Qué es lo
que podemos saber del sufrimiento del toro durante la lidia?
[6] El estrés del toro
Para un hombre del siglo XXI, el dolor es el peor de todos
los males pues le deja completamente impotente. Para ciertos animales, algunos
males son peores que el dolor, por ejemplo, el estrés que experimentan cuando
se encuentran en una situación insoportable o un entorno inadaptado a su
organismo. Los estudios experimentales del profesor Illera del Portal, Director
del Departamento de Fisiología Animal de la facultad de Veterinaria de la
Universidad Complutense de Madrid, han demostrado (a través de la medida de la
cantidad de cortisol producida por el organismo) que el toro de lidia sufre más
estrés durante su transporte o en el momento de salir al ruedo que en el
transcurso de la lidia; y que incluso el estrés disminuye en el curso de la
pelea. Es lo que ya sabían — a su manera — los ganaderos y lo que confirma el
simple sentido común. Para un animal como el toro de lidia, habituado a vivir
en libertad en grandes espacios y responder a las amenazas de su territorio con
el ataque sistemático, la contención es mucho más difícil de soportar que la
lucha. En el ruedo, el toro reencuentra su familiar propensión a la defensa del
territorio en contra del intruso.
[7] La adaptación fisiológica del toro a la
lidia
El toro de lidia (Bos taurus ibericus)
no es para nada un apacible rumiante. Es una muy especial variedad de bovino,
lejano descendiente del uro, que vivió más o menos en estado salvaje hasta el
siglo XVIII y que estaba dotado de un instinto de defensa de su territorio muy
desarrollado, una forma de “fiereza”. El auge de las corridas de toros permitió
la creación de grandes ganaderías en las que los toros eran y son criados en
condiciones de libertad para preservar esa acometividad natural, a la cual se
le añadió un proceso selectivo en función de la aptitud de cada ejemplar para
la lidia. Estas dos condiciones, la natural y la humana, crearon un animal
original, una especie de atleta del ruedo, dotado de bravura, es
decir, de una capacidad ofensiva para el ataque sistemático contra todo lo que
pueda presentarse como una amenaza, y muy especialmente la intromisión en su
territorio. Esta agresividad se observa desde el nacimiento: basta con ver un
becerro recién nacido dando cornadas (imaginarias, claro) al hombre que se le
acerca. Se manifiesta también entre los propios toros (las peleas por la
jerarquía son frecuentes) e innegablemente contra el hombre, que no debe
normalmente acercarse a ellos, sobre todo si están solos o aislados. Por eso no
sorprende que los estudios de laboratorio del ya citado Juan Carlos Illera del
Portal hayan demostrado que este animal, particularmente adaptado para la
lidia, tenga reacciones hormonales únicas en el mundo animal ante el “dolor”
(que le permiten anestesiarlo casi en el mismo momento en que se produce), especialmente
debido a la segregación de una gran cantidad de beta-endorfinas (opiáceo
endógeno que es la hormona encargada de bloquear los receptores del dolor),
sobre todo, cuando se produce en el transcurso de la lidia. Otro descubrimiento
que demuestra la singularidad del toro de lidia en relación a las demás “razas”
de bovinos es la talla del hipotálamo (parte del cerebro que sintetiza las
neurohormonas que se encargan especialmente de la regulación de las funciones
de estrés y de defensa) que es un 20% mayor que el de los demás bovinos – dato
que es considerable. Todo esto no hace sino explicar las causas fisiológicas de
un comportamiento que cualquier ganadero de toros de lidia o cualquier
aficionado conoce (pero que ignoran todos los profanos) y que hace
posible la lidia: el toro bravo, en lugar de sentir el “dolor” como
un sufrimiento, lo siente como un estimulante para la lucha. Se transforma
inmediatamente en una excitación agresiva.
[8] Dolor y lidia
Ya hemos dicho (ver argumento [4])
que, al contrario de los demás animales, el toro de lidia no reacciona a las
heridas huyendo sino atacando. Es el único animal que, herido por los puyazos,
vuelve a la carga para atacar al picador en lugar de huir de él (siendo la fuga
la respuesta normal, naturalmente adaptada, al dolor). Sin embargo, esta
reacción es perfectamente natural en un animal genéticamente predispuesto para
el combate. Sabemos que en el ser humano sucede algo parecido. Miles de
testimonios de soldados heridos lo confirman. Ellos explican no haber notado
nada, o casi nada, de las graves heridas recibidas a causa del fragor del
combate. Esto mismo les ocurre a algunos toreros cuando reciben una cornada,
que comienzan a sufrir después de acabada la lidia. ¡Cuánto más verdad es en el
caso de un animal fisiológicamente dotado y genéticamente seleccionado para la
lidia, y que no deja de combatir, mientras le reste un hilo de vida!
[9] “¡Pero el
toro no quiere luchar!”
A veces se contesta a los argumentos precedentes con tal
sentencia: “el hombre (el torero) lucha si quiere, elige arriesgar su vida; el
animal, por el contrario, no elige el combate sino que está condenado a la
lucha y a la muerte”. Respondo: es cierto. ¡Pero es que los animales en general
no “eligen” conscientemente una u otra conducta! Es decir, no se marcan un
objetivo en su mente al que intentarían llegar por tal o cual medio requerido.
Muy al contrario, actúan de manera conforme a su naturaleza individual o a la
de su especie. De esta forma, un toro que acomete, que ve en cualquier intruso
un adversario que debe expulsar y que ataca a un hombre “que no le ha hecho
nada malo”, no actúa por “elección” o por “voluntad” consciente y clara, sino
que su comportamiento obedece a su naturaleza, a su carácter, a la “bravura”
que está en él. ¡Sin lugar a dudas, el toro no quiere
luchar, pero no es porque sea contrario a su naturaleza el luchar
(¡bien al contrario!) sino porque lo que es contrario a su naturaleza es el querer!
[10] “Pero la
lucha es desigual: el toro siempre muere”
Ante esta aseveración, respondo: la lidia es una lucha con
armas iguales, la astucia contra la fuerza, como David contra Goliat. Es
también una lucha con suertes desiguales puesto que ilustra la superioridad de
la inteligencia humana sobre la fuerza bruta del toro. Pero, entonces, ¿qué
pretenden? ¿Que las posibilidades del hombre y del animal fuesen iguales, como
en los juegos del circo? Pero, si muriera unas veces uno y otras veces otro
¿sería más justa la lidia? ¡En absoluto! Sería, en todo caso, más bárbara. La
corrida de toros no es una competición deportiva en la que el resultado habría
de quedar imprevisible. Es una ceremonia en la que el final se conoce de
antemano: el animal debe morir, el hombre no debe morir (aunque puede suceder,
que un torero muera de manera accidental, y que un toro, de manera excepcional
sea indultado por su bravura). Esta es la moral de la lidia.
Pero que sea desigual no significa que sea desleal.
Justamente, la demostración de la superioridad de las armas del hombre sobre
las del animal sólo tiene sentido si dichas armas (el trapío, los pitones, la
fuerza) son potentes y no han sido mermadas artificialmente. Esta es la ética
taurómaca: una lucha desigual pero leal.
La muerte del
toro
Cuando los argumentos que giran alrededor del dolor del
toro comienzan a agotarse, el detractor de la fiesta escoge el nervio central
de la lidia: la muerte. Preguntan: ¿por qué matar al toro? ¿Tenemos derecho a
hacerlo? ¿Es necesario? Esta protesta sincera contra la muerte del toro se
formula de manera confusa. No se sabe bien lo que se condena: ¿el acto de matar
un animal? ¿El hecho de matarlo para algo diferente de comérselo (como si el
toro no nos lo comiéramos, y como si comer fuera la finalidad más elevada y la
más defendible)? ¿O el hecho de matarlo en público?
Habitualmente es este último punto el que genera el mayor malestar, en la
imaginación de la gente. No el acto en sí, sino su publicidad. Estamos rozando
lo irracional. Nos damos cuenta de que, tras la
“defensa del animal”, se disimula un malestar ante la visibilidad
de la muerte. “¿No valdría más ocultarla?”
[11]
¿Tenemos derecho a matar
animales?
El respeto absoluto de la vida humana es uno de los
fundamentos de la civilización. No sucede lo mismo con la idea de respeto
absoluto hacia la vida en general. De hecho sería contradictorio
con la idea misma de vida: la vida se alimenta sin cesar de la vida. Un animal
es un ser que se alimenta de sustancias vivas, sean vegetales o animales.
Proclamar por tanto que todos los seres vivos tienen derecho a la vida es un
absurdo ya que, por definición, un animal sólo puede vivir en detrimento de lo
viviente. Los animales se matan entre ellos para cubrir sus necesidades, y no
exclusivamente nutritivas (contrariamente a lo que comúnmente se cree), a veces
lo hacen por agresividad, por juego, o por instinto de caza (como en los casos
del gato, del zorro, o
de la orca)… De la misma forma, los hombres siempre han
matado animales: bien, porque tenían la necesidad de hacerlo para deshacerse de
bestias dañinas (portadoras de enfermedades o causantes de plagas), bien, para
satisfacer sus necesidades, nutritivas o de cualquier otro tipo: cuero, lana,
etc.; bien, por razones culturales o simbólicas (sacrificios religiosos,
demostraciones cinegéticas, juegos agonísticos). Pero lo propio del hombre, que
le diferencia de “los demás animales”, es lo siguiente: cuando mata un animal
respetado (y no una bestia dañina de la que tiene la obligación de deshacerse),
el acto de darle muerte va generalmente acompañado (en las sociedades
tradicionales o rurales) de un ritual festivo o de una ceremonia expiatoria.
Hay una excepción a esta regla: la muerte mecanizada, estandarizada e
industrializada de los mataderos. Ésta es fría, silenciosa, ocultada y — por
decirlo de alguna forma — vergonzosa, que es lo que caracteriza a nuestras
sociedades urbanas. La corrida de toros satisface al mismo tiempo las
necesidades físicas (el toro es comestible) y simbólicas (las corridas de toros
son un combate estilizado y una ceremonia sacrificial). Y, al contrario del
matadero industrial, siempre van acompañadas de todas las marcas de respeto
tradicional hacia el animal: ritual regulado precediendo al acto y recogido
silencio en el momento de la muerte. La pregunta del “derecho a matar” animales
se plantea por tanto mucho más en el caso del matadero industrial que en el de
la muerte del toro en el ruedo.
[12]
¿Por qué matar a los toros?
La muerte del toro es el fin necesario
de la corrida. Podríamos enumerar razones utilitaristas. El toro está destinado
al consumo humano y en ningún caso puede volver a servir para otra corrida,
porque en el transcurso de la lidia ha aprendido demasiado, se ha convertido en
“intoreable”. Pero esto no es lo esencial. Las verdaderas razones son
simbólicas, éticas y estéticas. Simbólicamente, una corrida es el relato de la
lucha heroica y de la derrota trágica del animal: ha vivido, ha luchado, y
tiene que morir. Éticamente, el momento de la muerte es el “instante de la
verdad”, el acto más arriesgado para el hombre, en el que se tira entre los
cuernos intentando esquivar la cornada gracias al dominio técnico que ha
adquirido sobre su adversario en el desarrollo de la lidia. Estéticamente, la
estocada es el gesto que finaliza el acto y hace nacer la obra; la estocada
bien ejecutada, en todo lo alto y de efecto inmediato confiere a la faena la
unidad, la totalidad y la perfección de una obra. Estas tres razones son las que dan sentido a
las corridas de toros.
[13]
Pero al menos ¿se podría no
matar al toro en público, tal como prescribe la ley portuguesa?
Hemos recordado más arriba las razones esenciales
(simbólicas, estéticas y éticas) de la muerte pública, fin necesario de la
ceremonia sacrificial. Por otra parte es un error creer que una muerte
“ocultada” sería “menos cruel” para el animal. Es más bien lo contrario. Un
toro que sale vivo del ruedo tendrá que esperar largas horas antes de ser
llevado al matadero donde será abatido por el carnicero. Dejar al animal
malherido y confinado en un espacio reducido sin opción a la lucha, sí que
sería un auténtico calvario para él (ver
argumento [8]). La única beneficiada de esta solución sería
la hipocresía: lo que no se ve no existe. (“¡Tapemos la sangre y la muerte, lo
esencial es que no se vean!”)
[14] Todas las tauromaquias implican el respeto
al toro
La corrida de toros es una de las formas de tauromaquia.
Existen cientos, de las que perviven unas cuantas decenas. En todas las
sociedades donde han vivido toros bravos ha existido alguna forma de
tauromaquia, ora deporte, ora rito (en ocasiones ambos a la vez), ora caza
solitaria, ora espectáculo de una lucha, ora gratuito desafío del hombre al
animal, ora sacrificio ofrecido por los hombres a los dioses. El punto común de
todas las tauromaquias es que ellas denotan la fascinación y la admiración que
ejercen, en todo tipo de culturas, el toro y su poder, sea real o simbólico. El
toro se transforma en el único adversario que el hombre encuentra digno de él.
Es el animal con el que se puede medir con orgullo y que por consiguiente lo
afronta con la lealtad que se debe a un adversario a su medida.
¿Podríamos demostrar nuestro propio poder ante un adversario al que
despreciásemos y maltratásemos? En todas las tauromaquias, al animal se le
combate con respeto y no se le abate como a un bicho dañino, ni se le mata de
cualquier manera como a una simple máquina de producción cárnica.
[15] La norma taurómaca consiste en afirmar que
no se puede matar al animal sin arriesgar la propia vida
Prueba fehaciente del respeto hacia el toro es que en
la corrida sólo se puede dar muerte al toro poniendo el torero en peligro su
propia vida. El deber de arriesgar la propia vida es el precio
que uno tiene que pagar para tener el derecho de matar
al animal. Lo que hace posible la necesidad de la muerte del toro (ver
argumento [10]) es la posibilidad siempre necesaria de la
muerte del torero. La mayoría de normas que ilustran la ética taurómaca se
inspiran en esta norma esencial: engañar al toro para no resultar cogido pero exponiendo
siempre el cuerpo al riesgo de la cornada. A la inversa, si se vence
sin peligro se triunfa sin gloria.
[16] El toro no es abatido,
tal como lo atestigua el ritual taurómaco.
La corrida de toros no sería nada sin su ritual. Desde el
paseíllo inicial hasta las mulillas que arrastran el cadáver del toro, todos
los actos, todos los gestos, todas las actitudes de los actores intervinientes
están ritualizados y tienen su sentido.
El ritual porta dos finalidades. Proteger simbólicamente los actos de un hombre
que arriesga su vida de cualquier accidente imprevisible, al rodearlos de una
tranquilizadora barrera repetitiva. Envolver con un ritual festivo y trágico a
la vez los momentos en los que se juega la vida de un animal respetado (ver
argumento [11]) y por lo tanto singularizado. Al toro se le
distingue como un ser vivo individualizado, que cuenta con un nombre propio
conocido por todos y con una procedencia genealógica sabida por los
aficionados, y al que muchas veces se le aplaude por su belleza, se le ovaciona
por su combatividad, e incluso se le aclama como a un héroe.
¿Alguien hablaba de desprecio o de crueldad? Habría que
hablar de admiración (ver argumento [26])
[17] El toro no es abatido, se le respeta en su
propia naturaleza
El toro de lidia es un animal bravo,
lo que significa que es por naturaleza desconfiado, taciturno y agresivo. Esta
natural combatividad no tiene nada que ver con la del depredador azuzado por el
hambre, puesto que el toro es un herbívoro, ni tampoco está vinculada con un
instinto sexual, pues se manifiesta también ante individuos de otras especies.
Para un animal como éste, una vida conforme a su naturaleza “salvaje”, rebelde,
indómita, indócil, insumisa, tiene que ser una vida libre
– por tanto la mejor posible. Y así, una muerte conforme a su naturaleza de
animal bravo tiene que ser una muerte en lucha contra aquél que cuestiona su
propia libertad, es decir, contra aquel ser vivo que le disputa en su terreno
su supremacía. Éste es el drama que se muestra en el redondel: el toro libra su
último combate para defender su libertad. ¿Sería más conforme a su bravura y a
la propia naturaleza del toro vivir esclavizado por el hombre y morir en el
matadero como un buey de carne?
[18] ¿La mejor de las
suertes?
Es debido a un proceso de identificación por lo que el
animalista sólo es capaz de imaginar al toro como chivo expiatorio del hombre.
También dicho proceso hace que algunos lo vean como víctima y no como
combatiente. Así, puestos a identificarse con el toro propongamos a esos
animalistas que se identifiquen con otras especies bovinas y pidámosles que
elijan cuál es la mejor de las suertes: la del buey de tiro, la del ternero de
carne (criado normalmente “en batería” y muerto a corta edad) o la del toro de
lidia: cuatro años de vida libre a cambio de quince minutos de muerte luchando.
Entonces la pregunta sería: “¿con quién quiere usted identificarse?”
Los toros y el
medio ambiente
Igual que la ópera, el flamenco o el fútbol, los toros no
son ni de derechas ni de izquierdas. Sin embargo, algunos partidos deberían
reconocer en la fiesta de los toros sus propios valores: me refiero a los partidos
“verdes” o ecologistas. Lo decepcionante es que normalmente están impregnados
de una ideología “animalista” nada ecologista, y entre sus militantes hay pocos
que conozcan la realidad de la vida del toro en el campo y la de su muerte en
el ruedo.
Se confunde “animalismo” con ecología. Y sin embargo, lo
uno es lo opuesto de lo otro. Ocurre que numerosos ecologistas “olvidan” sus
propios valores para abrazar los valores animalistas, que son contrarios.
Defender el equilibrio de las especies y la conservación de los ecosistemas no
tiene nada que ver con el hecho de ocuparse de la muerte de cada animal
considerado individualmente y aún menos con el “sufrimiento” individual de
todos los animales que pueblan los océanos, las montañas y los bosques del
mundo. No se puede al mismo tiempo salvar a la especie “leopardo” y preocuparse
por el sufrimiento de las gacelas. No se puede al mismo tiempo salvar a la
especie
“oveja” y preocuparse por la suerte individual de los lobos
hambrientos (la afirmación inversa también es cierta). No se puede alimentar a
las palomas (por sentimiento animalista) y preocuparse por sus plagas (por
razones ecologistas). Hay que elegir: la ecología o el animalismo. La fiesta de
los toros está radicalmente en el bando de la ecología.
Por las cuatro siguientes razones.
[19] Una de las últimas formas de ganadería
extensiva en Europa
Defender la fiesta de los toros es apostar por una de las
últimas formas de ganadería extensiva que existen en Europa, en la que cada
animal dispone de una extensión de 1 a 3 hectáreas de terreno. ¿Puede alguien
mejorar esa realidad tratándose de animales domésticos? Si se suprimen las
corridas de toros muchas de esas tierras hoy destinadas al toro de lidia se
entregarían al uso de la agricultura intensiva o industrial. No deja de ser
curiosa la inversión de valores: en la época de la mercantilización de lo
viviente, de la cría de bovinos en auténticas fábricas de filetes, de la
producción en cadena de pescados estandarizados, algunos se indignan por las
condiciones de vida y de muerte de los toros de lidia.
[20] Un ecosistema único
Esta ganadería extensiva, preservada de la mecanización
indiscriminada gracias al amor por el toro y a la abnegación personal de
algunos ganaderos (que a buen seguro tendrían mucho más interés
-económico- en “fabricar carne” en
ganadería intensiva) sólo se puede hacer en unos espacios y unos pastos únicos:
la dehesa en España (de Salamanca a Andalucía), en Portugal (en el Ribatejo), y
en Francia (en la Camarga). Gracias a la presencia del toro de lidia, estos
espacios son auténticas reservas ecológicas de incomparable riqueza de flora y
de fauna (jabalí, lince, buitre, cigüeña, etc.) similar a la de los grandes
parques naturales protegidos. (En el caso de La Camarga nos podemos referir,
por ejemplo, a los trabajos del equipo de Bernard Picon y en especial a su
libro “El espacio y el tiempo en La Camarga”). Esto lo
saben bien los ecólogos, que no deben ser confundidos con algunos teóricos de
la “ecología política”.
[21] Defensa de la biodiversidad
Un verdadero ecologista defiende la biodiversidad y lucha
contra la desaparición de las especies. Los animalistas que hoy batallan por la
prohibición de la fiesta de los toros luchan, muchas veces sin ser conscientes
de ello, por la desaparición de los toros de lidia (Bos taurus ibericus). Esta
variedad única de toro salvaje preservada en Europa desde el siglo XVIII
gracias a las grandes ganaderías estaría condenada al matadero si se
suprimieran las corridas de toros. Con lo cual, para salvar la especie (o la
variedad) es necesario "sacrificar" algunos toros en el ruedo. El
animalista querría "salvar" a esos ejemplares del destino que les
espera. Pero ¿cómo sería eso posible sin condenarlos, a ellos y a todos los
demás, al matadero?
¿Qué haríamos con todas esas vacas, erales, becerros, que
hoy viven exclusivamente para posibilitar que unos cuantos toros adultos sean
lidiados en el ruedo? En efecto, es necesario contar con una ganadería de unas
trescientas cabezas de ganado para "producir" anualmente tres
corridas de seis toros adultos, (cuatro años). (A esto, el antitaurino
generalmente contesta que no siendo el toro de lidia, en la estricta acepción
biológica del término, una especie sino solo una "variedad" su
patrimonio genético no tendría que ser protegido: pero ¿podríamos deshacernos
de los perros con el pretexto de que tenemos lobos, o viceversa?)
Supongamos que, aguijoneado por estos argumentos, el
animalista insista en su empeño de pretenderse "ecologista" y vuelva
a las consideraciones morales sobre la necesidad de reducir el
"sufrimiento" animal. Preguntémosle entonces:
¿disminuiría verdaderamente el sufrimiento animal si se
suprimiesen las corridas de toros? (Claro, si suprimimos todos los individuos
de una determinada población, de un plumazo suprimiremos sus "sufrimientos".
Pero a nadie se le escapa que esto es un sofisma). Pero, sigamos con ese
razonamiento "utilitarista": ¿qué pasaría con todas esas vidas libres
(y por tanto "mejores" que las de la mayor parte del resto de
animales que viven bajo la dominación del hombre) de esos centenares de miles
de bestias (sementales, vacas, utreros, añojos, becerros) que disfrutan
actualmente de una vida conforme a su naturaleza y que no mueren en el ruedo?
(De unos 200.000 animales que viven actualmente en las ganaderías destinadas a
la lidia, sólo el 6% muere en el ruedo). ¿Cómo contabilizar la pérdida de su
existencia y de calidad de vida si se suprimieran las corridas de toros?
Vayamos más lejos y volvamos a los doce mil toros que mueren cada año en los
ruedos: ¿estamos seguros de que disminuiríamos sus sufrimientos privándoles de
una buena vida si se suprimieran las corridas de toros? Y finalmente ¿estamos
seguros de que disminuiríamos los sufrimientos de los toros destinados a la
corrida si se les privase de la corrida? (ver argumento [18])
[22] Respeto de la naturaleza del animal
Una última consideración ecologista: el toro de lidia es el
único animal criado por el hombre que vive y muere conforme a su naturaleza (ver
argumento [17]).
Esto no es fruto del azar, sino la consecuencia misma del
sentido de la corrida ya que ésta exige la bravura del toro. Es un caso único
de ganadería que debe respetar necesariamente las exigencias de la vida salvaje
del animal (territorio, alimentación, coexistencia de las crías con sus
progenitores, etc.) precisamente porque hay que preservar lo más intacto
posible el instinto natural de agresividad, defensa del territorio y
desconfianza ante cualquier intruso, especialmente ante el hombre. El toro de
lidia es el único animal doméstico que sólo puede servir a los fines humanos
para los que ha sido criado a condición de no ser domesticado. De ahí que deba
ser criado de la manera más "natural" posible; en caso contrario, su
lidia sería imposible y la corrida de toros perdería todo su sentido.
Por definición la corrida de toros es la práctica humana
que debe respetar más y mejor las condiciones naturales de la vida de los
animales que viven bajo la dominación humana.
[23] Humanidad y animalidad
Los animalistas defienden que como "todos
somos animales", deberíamos dispensar el mismo trato a los animales que a
los hombres. Se equivocan. Es justamente porque el hombre no es un animal como
los demás por lo que tiene deberes hacia ellos y no al contrario. Estos deberes
no pueden, en ningún caso, confundirse con los deberes universales de
asistencia, reciprocidad y justicia que tenemos para con los otros hombres en
tanto que personas. Sin embargo, está claro que tenemos deberes hacia algunos
animales. A priori hay tres formas de relacionarse con los animales. A los
animales de compañía, les damos afecto a cambio del que ellos nos ofrecen: por
eso, es inmoral traicionar esa relación, por ejemplo abandonando a un perro en
el área de servicio de una autopista. A los animales domésticos, les
proporcionamos ciertas condiciones de vida, a cambio de su carne, leche o
cuero...; por eso, es inmoral considerarlos como meros objetos de producción
sin vida, como sucede en las formas más mecanizadas de la ganadería industrial;
pero no es inmoral matarlos, puesto que con esa finalidad han sido criados (argumento
[22]). Y, respecto de los animales salvajes, con los que no nos liga
ninguna relación individualizada, ni afectiva ni vital, sino solamente una
vinculación con la especie, es moral, respetando los ecosistemas y
eventualmente la biodiversidad, luchar contra las especies perjudiciales o
proteger ciertas especies amenazadas.
Ahora bien, ¿qué ocurre con los toros bravos – que
no son animales propiamente domésticos ni verdaderamente salvajes? ¿Qué deberes
tenemos para con ellos? Yo respondo: preservar su naturaleza brava, criarlos
respetando esa naturaleza, y matarlos (puesto que solo viven para eso) conforme
a su fiereza natural (ver argumentos [14] a [16]).
[24] "¿No es un espectáculo cruel y
bárbaro?"
Entre las
representaciones que se hacen los adversarios de la fiesta de los toros, una de
las más comunes consiste en considerarla como un espectáculo cruel y bárbaro.
No niego que es un espectáculo singular y violento, aunque esta violencia está
sublimada y ritualizada, como en otras formas artísticas.
Pero no admito que sea
un espectáculo bárbaro: nació en el siglo de las Luces como una ilustración del
poder del hombre y de la civilización sobre la naturaleza bruta (ver argumento
[29]). La verdadera barbarie, ¿no consistiría en poner en el mismo plano la
vida del hombre y la vida del animal, "considerando por tanto al hombre
como una bestia"? Tampoco admito que sea un espectáculo cruel, puesto que
la crueldad supone el placer que se obtiene con el sufrimiento de una víctima
(ver argumento [1]). Por supuesto, el aficionado también es sensible al drama
del toro (el antitaurino no tiene el monopolio de la sensibilidad y de los
buenos sentimientos) pero no ve en él una víctima de malos tratos sino un
peligroso combatiente, muchas veces heroico, por más que resulte casi siempre
vencido. La auténtica crueldad, ¿no es la de aquellos antitaurinos que afirman
desear la cornada y la muerte del torero? Esto supone, una vez más, colocar al
hombre y al animal en el mismo plano.
[25] "¿No son perversos los placeres de los espectadores?"
Una de más habituales e
injustas de las injurias que los antitaurinos regalan a los aficionados,
consiste en tratarlos como "perversos", "sádicos", etc. Es
absurdo. Nadie conoce a ningún aficionado que disfrute con el sufrimiento del toro.
De hecho es difícil encontrar alguno que sea capaz de pegar a su perro, e
incluso de hacer daño de manera voluntaria a un gato o a un conejo. Y para
todos aquéllos que imaginan a los aficionados como una casta particular de
humanos sin corazón ni humanidad, sólo me permito recordarles el nombre de
todos los artistas, poetas, pintores, que, con independencia de su procedencia
y de sus convicciones, son al menos tan sensibles a la vida y al sufrimiento
como todos los demás hombres, y en modo alguno carecen de moralidad o humanidad.
¿Cabría pensar que Mérimée, Lorca, Bergamín, Picasso, etc. (ver argumento [30])
han sido psicópatas y perversos sedientos de sangre? ¿Se podría pensar que
hayan mentido hasta ese punto sobre lo que veían?
¿Habrían sido capaces
de traicionar hasta ese punto lo que experimentaban en el fondo de su
sensibilidad y expresaban con su arte? ¿Sería posible que un profano, que jamás
ha visto una corrida de toros, sepa más que ellos sobre lo que realmente es? Y
sobre todo, ¿cómo puede saber lo que esos mismos artistas han sentido al
verlas?
[26] La mayor emoción en la plaza: la admiración
¿Cuál es la principal y
más grande emoción que un aficionado siente, como otros muchos espectadores
ocasionales, en una plaza de toros? No es un gozo perverso o maligno, sino una
emoción inmediata, tan carnal como intelectual, que se llama admiración.
Admiración antes que nada hacia la bravura del toro: por su poder, por su
incesante combatividad, a pesar de las heridas y por sus repetidas acometidas,
a pesar de sus fracasos. Y admiración también hacia el valor del hombre, por su
audacia, su coraje, su sangre fría, su calma, y su inteligencia en relación con
el adversario. ¡Sí! Vamos a la plaza, por encima de todo, a admirar. Es el más
sano y más delicioso de los placeres.
[27] "La corrida de toros genera
violencia"
Es una idea simplista.
Bajo el pretexto de la existencia de violencia en la lidia, se generaría
violencia automáticamente. Insisto: se trata de una violencia estilizada y
ritualizada, es decir, sublimada y canalizada y por tanto no de una violencia
caótica, absurda, desenfrenada, sin fe ni ley..., con la que a veces la
realidad (o su representación) nos confronta. Por eso no se ha visto nunca a
ningún espectador que se haya vuelto violento o agresivo hacia los hombres o
los animales después de haber visto una (o cien) corrida(s). Rara vez se han
registrado actos de violencia cometidos por los espectadores durante o después
de una corrida. El fútbol es seguramente un deporte menos violento que el
rugby, pero todo el mundo sabe que la violencia en los estadios de fútbol es
mucho más habitual y desenfrenada que la que se produce en los estadios de
rugby –y por supuesto superior a la de las plazas de toros. El público que
asiste a una corrida es a menudo gente cultivada y educada, que manifiesta de
manera muy pacífica sus emociones, e incluso las más fuertes e indignadas,
cuando el espectáculo no corresponde a sus expectativas.
En realidad, si hubiera
que considerar la fiesta de los toros como una "escuela" de algo, ésta
sería la del respeto: por el rito y su sentido; por la animalidad y la manera
como se expresa; y por la humanidad que triunfa y la manera como lo consigue.
[28] "¿Son las corridas de toros un espectáculo traumatizante para
los niños?"
Cualquier cosa puede
traumatizar a un niño. Especialmente la violencia muda, ciega y absurda, a la
que no se le puede dar ningún sentido ni razón. Lo que puede contribuir al
trauma es el silencio. Un niño puede soportar o no el espectáculo de la corrida
de toros ni más ni menos que un adulto. El niño puede aprender y comprender,
igual que lo puede hacer un adulto. Puede rápidamente percibir la diferencia
entre el hombre y el animal, y sobre todo, entre el animal admirado y temido
como el toro, y el animal afectuoso y querido como su perro o su gato. Y la
corrida de toros puede ser la ocasión para que los padres den explicaciones
sobre los signos del ritual (hecho al que los niños son especialmente
sensibles), dialoguen con ellos sobre la vida y la muerte, y también ofrezcan
las explicaciones pertinentes sobre el comportamiento animal y el arte humano.
La corrida de toros, por sí misma, no es ni "traumatizante" ni
"educativa". Lo que puede contribuir a traumatizar a los niños es el
miedo de los padres a traumatizarlos. Al contrario, es el deseo de los padres
de compartir sus alegrías y hacer comprender a los niños un espectáculo tan
singular, lo que puede resultar educativo.
Hasta el momento nos
hemos situado en territorio adverso. Hemos respondido a los ataques de los que
afirman que no les gusta la fiesta de los toros – que están en su derecho — y
de los que, a veces sin saber nada del asunto, pretenden prohibirla o limitar
el acceso a los demás –ya no están en su derecho. Hemos dicho, por tanto, todo
lo que la fiesta de los toros no es. Aún no hemos empezado a decir lo que es.
No se trata de un fenómeno sin raíces históricas y geográficas. Está integrada
en una cultura, lo que no quiere decir que se reduzca a ella. Es creadora de
una diversidad de culturas particulares, lo que no significa que no sea en
todos los casos portadora de los mismos valores. Es también inspiradora de
"alta cultura", lo que no significa que esté desconectada de la
cultura popular.
[29] "¿Es arcaica la fiesta de los
toros?"
A este respecto, los
prejuicios abundan a uno y a otro lado de la barrera que separa a los
aficionados de los antitaurinos. Para éstos, la fiesta de los toros es arcaica,
remontándose a una especie de edad bárbara de la humanidad. Para aquellos, la
fiesta de los toros es arcaica, encontrando su legitimidad en las más antiguas
y respetables fuentes. Estas dos utilizaciones de la antigüedad son igualmente
ideológicas. En realidad la corrida es una invención moderna.
El toreo a pie no va
más allá del siglo XVIII; se codifica progresivamente a principios del siglo
XIX y, tal cual lo conocemos hoy, no tiene más de un siglo y medio de
existencia. Es más o menos la época en la que llega a las regiones francesas de
Aquitania, Camarga y Provenza, que conocían los juegos taurinos desde hacía
mucho tiempo. La historia se opone al prejuicio. Se cree que la
muerte pública del toro
es lo que es arcaico y que el aspecto lúdico de las tauromaquias populares es
reciente (conforme al actual prejuicio según el cual el proceso de
"civilización" supone la progresiva depuración de la muerte). Sin
embargo, lo cierto es justamente lo contrario: en toda la cuenca mediterránea
siempre hubo diversos juegos populares con el toro. La codificación de la
popular corrida de
toros con muerte pública es reciente – como puede comprobarse con un argumento
económico: criar toros "salvajes", que sólo pueden ser empleados una
vez, presupone un elevado grado de desarrollo económico.
En compensación, lo que está demostrado son los tres hechos
siguientes.
La corrida de toros no
ha dejado de desarrollarse en España a lo largo de todo el siglo XX y está más
viva que nunca. Como nos recuerda Pedro Cordoba en su excelente libro La
corrida (Colección "Idée reçues", editorial "Le cavalier
bleu", Paris, 2009), en 2008 se celebraron en España aproximadamente
novecientas corridas de toros formales; cuatro veces más que un siglo antes; y
también (contrariamente a un prejuicio con mucha aceptación) cuatro veces más
que en 1950.
En Francia, la
"corrida" no ha dejado de desarrollarse desde su introducción (hacia
la mitad del siglo XIX), y ha conocido un auténtico boom especialmente en estos
últimos veinticinco años. A modo de ejemplo, en el último cuarto de siglo, la
asistencia a la plaza de Nîmes se ha duplicado prácticamente, pasando de unos
70.000 espectadores por año a comienzos de los ochenta a unos 133.000 en el
2007. Lo mismo ha ocurrido en el mundo ganadero: la primera ganadería se fundó
en 1859 (H. Yonnet) y durante mucho tiempo fue la única; en la actualidad,
Francia cuenta con 42 ganaderías, distribuidas por el sureste del país
(especialmente en La Camarga) y algunas en el suroeste. La gran mayoría fue
fundada a partir de 1980.
Lo que por otro lado
nutre la idea de arcaísmo es el hecho de que la corrida de toros se ha
convertido en uno de los pocos acontecimientos en el que se perpetúan actos
que, hace poco, eran habituales y formaban parte de la vida cotidiana.
Cualquier forma de ritualización ha desaparecido prácticamente de nuestras
vidas en los últimos treinta años, sobre todo las que están ligadas a la
muerte: no hay cortejos fúnebres en las ciudades, no se colocan marcas de duelo
en las casas, y las personas tampoco llevan ya signos visibles de luto. La
muerte de los animales se ha refugiado en el glacial silencio de mataderos
industriales; de igual manera, la de los hombres ha emigrado hacia clínicas
hiper-especializadas y asépticas o hacia las antecámaras de la muerte, anónimas
y disimuladas, de las residencias geriátricas. Por otro lado, en una sociedad
que hasta hace poco tiempo tenía raíces y sensibilidades rurales, la muerte
regulada y festiva de un animal doméstico (la del gallo o la del cerdo) era un
acto familiar que daba ritmo a la vida ordinaria mediante la excepcionalidad de
los solemnes actos de comunión colectiva. Todo eso ha desaparecido de manera
brusca.
Por tanto, la
perspectiva animalista contemporánea que considera estos fenómenos como
arcaicos no se equivoca del todo. Pero con una matización: lo que desde esa
sensibilidad se considera arcaico no se remonta de ninguna manera a la noche de
los tiempos sino, como mucho, a una o dos generaciones. Lo que ignora esa
sensibilidad es que ella misma es el fruto muy reciente e hiper-moderno de una
pérdida de contacto con los animales y con la naturaleza reales. Los animales
que imagina son todos buenos como los animales de apartamento, o todos
víctimas, como los cerdos criados en baterías que a veces vemos por la
televisión: ambos tipos de animales son el resultado de una ideología urbana
reciente.
Hay un nexo de unión
evidente entre estos tres hechos. Justamente porque nuestra época ha perdido
poco a poco el sentido de los ritos, de la muerte, de la naturaleza, de la
animalidad, es por lo que necesita volver a encontrar al mismo tiempo la
realidad, la imagen y el símbolo en la corrida. ¡De ahí su modernidad!
[30] La fiesta de los toros
no está ligada al franquismo.
Como toda gran creación
cultural es políticamente neutra Hay un hondo prejuicio, puramente español, que
identifica las corridas de toros con el franquismo. Esta consideración no
resiste ni el análisis ni el peso de los hechos. ¿Los hechos? Por supuesto, las
corridas de toros existían con anterioridad al franquismo y se han desarrollado
perfectamente después. Cosa distinta es que el régimen haya sabido utilizar y
manejar en beneficio propio los fenómenos más espectaculares de la pasión
taurina – lo trágico de Manolete y lo desenfadado de El Cordobés, las dos caras
de la popular fiesta de los toros.
Esto es sin duda lo que
hacen todas las dictaduras. Así, Salazar se esforzó en recuperar el fado
portugués y atraer hacia sí el icono popular que fue la genial Amalia
Rodrigues. Por eso el fado conservó durante algún tiempo después de la
"revolución de los claveles" cierta imagen fascista cuando sin
embargo nunca dejó de ser la expresión más profunda del alma popular lisboeta.
También el régimen militar brasileño intentó recuperar para su favor la pasión
futbolística del pueblo brasileño y la victoria de la Seleçäo en 1970. Todo
esto nada tiene que ver con el fútbol, la música o los toros. Recordemos,
porque la gente olvida, que hubo aficionados tanto en el bando antifranquista
(pensemos en Lorca, Bergamín o Picasso) como en el bando franquista. En
Francia, la fiesta desata pasiones entre personas de izquierdas (por ejemplo,
los escritores Georges Bataille o Michel Leiris) como de derechas (por ejemplo,
Henry de Montherland o Jean Cau); y al contrario de lo que ocurre en España,
los medios de comunicación meridionales apoyan la tauromaquia
independientemente de cualquier consideración ideológica.
En la España actual, el
hecho de que los partidos de derechas favorecen con más facilidad la fiesta de
los toros que los de izquierdas, tiene que ver con los enfrentamientos entre
posturas nacionalistas y planteamiento centralista.
[31] La fiesta de los toros transmite valores universales, no los de la
España negra
Para algunos espíritus
más cultivados que los anteriores, la fiesta de los toros no está asociada al
franquismo sino, más generalmente, a la "leyenda negra de España", en
la que se encuentra – totum revolutum — la expulsión de los judíos, la
Inquisición, la exterminación de los indios americanos, el oscurantismo, etc.
Algunos hispanistas han mostrado cómo esa leyenda, montada pieza a pieza, ha
podido contribuir a una cierta "culpabilización" de las élites
españolas. Ésta es una de las fuentes del sentimiento antitaurino de algunos
intelectuales contemporáneos, que asocian las corridas de toros con la
representación que tienen de la imagen que los extranjeros se hacen de su país
y de su cultura. Por eso quieren romper con esa representación que estiman
trasnochada, folclórica y sobre todo nefasta.
De otro lado, la fiesta
de los toros no puede ser separada de su marco histórico y
geográfico. Marco que
es al mismo tiempo más estrecho (ya hemos escrito que está ligada a la
modernidad, argumento [29]) y más ancho que la supuesta "España
negra". Su raíz es fundamentalmente la de las culturas mediterráneas.
Entre los orígenes
lejanos de la tauromaquia moderna, se citan los grandes mitos de la antigüedad
(la leyenda de Hércules o el mítico triunfo de Teseo) y la religión romana del
dios taurino Mitra. Como todas las grandes creaciones culturales donde se
mezclan elementos populares y cultos, el arte taurino está al mismo tiempo
ligado a una civilización particular y expresa valores universales: la fiesta,
el juego, el valor, el sacrificio, la belleza, la grandeza...
De esta manera la
tragedia griega depende de su lugar de nacimiento, la Atenas clásica, y al
mismo tiempo vehicula emociones y pensamientos en los que todos los seres
humanos pueden reconocerse, independientemente de la época: la fatalidad, la
pasión que corroe, las coincidencias funestas, los conflictos del deseo y de la
sociedad... Sería tan absurdo reducir la fiesta de los toros a la "España
(llamada) negra" como reducir la tragedia griega al antiguo esclavismo. La
moderna corrida de toros ha conquistado el mundo a pesar de haber nacido en
algunas regiones de España (Andalucía, Castilla o Navarra). Y todas las
poblaciones que adoptaron este ritual y sus valores los integraron en sus
culturas y sus tradiciones particulares porque reconocieron en ellos una parte
de su propia humanidad. Así ha pasado con el pueblo vasco, catalán, valenciano,
extremeño, gallego, portugués, y con los de la Provence, del Languedoc, de la
Aquitaine, y por supuesto las poblaciones mexicanas, colombianas, ecuatorianas,
venezolanas, peruanas, que mantienen viva la fiesta, incluso cuando algunos
quieran renegar de esta parte de ellos mismos
[32] La tradición ha forjado una cultura taurina
Algunos defensores de
las corridas lo hacen arguyendo que debe su legitimidad a la tradición. Y ante
eso los antitaurinos lo tienen fácil para responder que la tradición no es un
argumento y que la mayor parte de los grandes progresos de la civilización se
han hecho contra costumbres bien arraigadas, y por tanto supuestamente
legitimadas por la tradición. Enumeran con razón la esclavitud, la sumisión de
las mujeres, la pena de muerte, etc. No es menos cierto que hoy continúan
existiendo tradiciones absolutamente detestables como el suicidio de las viudas
en India o la ablación de niñas y jóvenes de acuerdo con determinados ritos
religiosos.
Sin embargo, en Francia
una prudente ley (la del 24 de abril de 1951, transcrita también como uno de
los supuestos del artículo 521.1 del Código Penal) declara las corridas de
toros lícitas "cuando existe una tradición local ininterrumpida".
¿Quiere esto decir que la tradición es el motivo de la licitud?
De ninguna manera. Lo
único que hace la ley es definir su extensión. El matiz es importante. Las
corridas de toros son autorizadas no porque hay tradición, sino allí donde hay.
La tradición tiene como efecto forjar una cultura local y una determinada
sensibilidad. Es justamente esto lo que confirma una sentencia de la Cour
d'Appel d'Agen del 10 de enero de 1996: "la tradición local es una
tradición que existe en
un entorno demográfico determinado, por una cultura común, las mismas
costumbres, las mismas aspiraciones y afinidades...una misma manera de sentir
las cosas y entusiasmarse por ellas, el mismo sistema de representaciones
colectivas, las mismas mentalidades".
Éstos son los frutos de
la cultura taurina, allí donde existe tradición. Coexistir con discursos
taurinos, vivir próximo a los toros, relacionarse desde niño con este magnífico
y fiero animal, y tener admiración hacia el toro y su bravura, son elementos
que han forjado la sensibilidad necesaria para la percepción de este singular
espectáculo. De esta forma, lo que sería visto como un acto de
crueldad en Londres,
Boston, Estocolmo o Estrasburgo se comprende, se vive y se entiende en Dax,
Béziers, Bilbao, Barcelona, Málaga o Madrid como un acto de respeto inseparable
de una identidad.
[33] Fiesta de los toros y defensa de la diversidad cultural
La fiesta de los toros
es efectivamente inseparable de las identidades que ha forjado y éstas
recíprocamente se han construido gracias a ella. No es posible imaginar las
ferias de Nîmes o de Vic-Fezensac, de Pamplona o de Valencia, de Jerez en
Andalucía o de Céret en Catalunya francesa, sin el toro en la plaza, ni en las
calles, ni en los carteles, ni en las exposiciones, ni en las librerías, ni en
toda la fiesta, etc. En una época en la que se defiende la diversidad cultural,
en la que se pretende resistir a la mundialización de la
cultura, en la que se
lucha contra la uniformización de los valores y de las costumbres, en la que se
denuncia la omnipotencia de la dominante y avasalladora civilización
anglosajona... ¿no hay que defender las identidades culturales locales,
regionales, minoritarias? ¿No hay que defender, ahora más que nunca, los
"pueblos del toro"?
[34] Unidad de cultura, diversidad de
interpretaciones
Como toda gran creación
humana, la fiesta de los toros expresa valores universales (ver argumento
[31]). Como toda cultura popular, es inseparable de la identidad de los pueblos
que la han inventado o adoptado (ver argumentos [32] y [33]). Pero como toda
cultura que es a la vez local y universal, la fiesta de los toros se vive, se
siente, se expresa diferentemente según las ciudades, regiones o países que la
han hecho suya. Lo destacable es que la misma fiesta de los toros, que se
desarrolla en la actualidad exactamente de la misma manera en Sevilla, México,
Pamplona, Madrid, Bayona, Arles o Cali, no es, de ningún modo, interpretada de
la misma manera en esas diferentes ciudades.
En ocasiones se vive
como una desinhibida fiesta dionisíaca, en otras como una ceremonia apolínea,
en algunos casos como un ritual receloso y circunspecto. La lidia a veces es
vista como un juego de quiebros y fintas, a veces como un arte plástico, a
veces como una tragedia al anochecer. Las faenas a veces son sentidas como la
expresión de la animalidad salvaje y otras veces como la de la humanidad más
educada. Todas estas interpretaciones de la fiesta de los toros, y muchas más,
son posibles, dependiendo de la idiosincrasia de cada pueblo, y hasta de cada
persona. Basta con examinar los dos extremos geográficos de España, el País
Vasco y Andalucía, para comprender como cada uno de ellos traduce en su propia
sensibilidad la universal fiesta de los toros (de la misma manera que se
representa hoy a Sófocles en japonés o en alemán). En el Norte de España, les
gustan los toros duros y fuertes y los toreros guerreros que aceptan sus
desafíos. En esos ruedos se admira la audacia, la dominación y la demostración
del poder. La corrida de toros es vista como un rito festivo y como un arte
marcial. Sin embargo, en el Sur, prefieren los toreros artistas y los toros que
se prestan a ese juego. En esos ruedos se admira la elegancia, la gracia
profunda y la armonía sensual. La corrida de toros es una de las bellas artes,
algo entre la tragedia y la escultura. En Francia, sólo el Sur es taurino y el
contraste está entre el Oeste y el Este.
Cada pueblo dispone de multitud de maneras para adaptar y
traducir a su propio vocabulario cultural el mensaje universal de la fiesta de
los toros.
[35] La cultura taurina y la "alta cultura"
Todo lo expuesto
inscribe la fiesta de los toros dentro de las grandes manifestaciones de la
cultura popular (argumentos [29] a [34]). Con la variedad innumerable de
tauromaquias que los pueblos taurinos han inventado, en su territorio, ocurre
lo mismo. Pero lo que le diferencia a la fiesta de los toros de una simple
manifestación folclórica es haber sido adoptada y convertida en objeto de
reflexión de la cultura "culta". La universalidad de la fiesta de los
toros no es solamente la de los valores que transmite (ver argumento [31]) sino
también la de los mundos artísticos y cultos donde ha sido acogida y la de las
obras que ha producido en las demás artes. ¿Pintura? Sólo hay que citar los
nombres de Francisco de Goya, Eugène Delacroix, Gustave Doré, Édouard Manet,
Claude Monet, Ignacio Zuloaga, Ramón Casas, Pablo Picasso, André Masson,
Salvador Dalí, Joan Miró, Francis Bacon y, en la actualidad, los de Soulages,
Alechinsky, Botero, Arroyo, Chambás, Barceló, Combas, entre otros muchos...
Refiriéndonos a escritores, podemos mencionar a Luis de Góngora, Nicolás Fernandez
de Moratín, Prosper Mérimée, Théophile Gauthier, Gertrude Stein, Manuel
Machado, Jean Cocteau, José Bergamín, Henry de Montherlant, George Bataille,
Federico García Lorca, Ernest Hemingway, Michel Leiris, Miguel Hernández,
Camilo José Cela...; y hoy, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Florence Delay,
etc. A esta lista habría que añadir la poesía de Fernando Villalón, de Gerardo
Diego, de Rafael Alberti, de René Char, de Yves Charnet, entre otros muchos.
Sin olvidar las músicas de George Bizet, de Isaac Albéniz, de Joaquín Turina,
las esculturas de Benlliure, y, en las artes del siglo XX, dentro de la
fotografía, la obra de Lucien Clergue, en el jazz las composiciones de John
Coltrane y de Eric Dolphy, en el ámbito de la alta costura las creaciones de Christian
Lacroix y de Jean-Paul Gaultier, y en el cine las películas de Henry King, de
Rouben Mamoulian, de Sergei M. Eisenstein, de Abel Gance, de Budd Boetticher,
de Luis Buñuel, de Pedro Almodóvar, etc.
¿Cómo explicar que una
tradición tan particular, y aparentemente tan limitada histórica y
geográficamente, haya podido inspirar las obras de artistas pertenecientes a
modos de expresión, nacionalidades, horizontes y estilos tan diversos, si no
fuera porque la fiesta de los toros encierra en sí misma tantos tesoros de
expresión artística (ver argumentos [39] a [43]) y tantos valores humanistas
(ver argumentos [36] a [38])?
[36] Comprender la animalidad
Hoy por hoy, no tenemos nada más que relaciones con
animales de compañía, "humanizados" por nuestra permanente
convivencia con ellos. En el ruedo vernos al animal, en toda su naturalidad, o,
mejor dicho, a un animal singular, y aprendemos a comprenderle y a pensar con
él. Ese es uno de los esenciales placeres del aficionado. Es también Ia primera
sorpresa del profano cuando escucha Ios comentarios de Ios iniciados. Hablan
del toro, de su tipo, de su comportamiento e intentan descifrar su carácter
singular, anticipar sus acciones y comprender sus reacciones: "¿Por qué
acomete aquí y no allí? ¿Por qué a determinada distancia y no a otra? ¿Por qué
en este terreno y no en aquél? ¿Por qué repite sus embestidas? ¿Por qué mide
sus arrancadas? ¿Se percatará de la presencia del hombre tras el engaño?".
Aprender a ver los toros en general y a comprender un toro en particular es una
fuente de educación de "etología" para os niños. Finalmente, es la
condición indispensable para apreciar el trabajo del torero: ver lo que él
comprende, apreciar cómo se adapta a su adversario, juzgar si le entiende o no
y admirar que le haya entendido mejor que nosotros. iEstamos lejísimos de gozos
perversos!
[37] Admirar las virtudes intelectuales del torero
Torear no es sólo atreverse a ponerse delante de un animal
que podría (y "querría") matar. Torear es demostrar una forma muy
peculiar de inteligencia (los griegos habrían dicho "astucia").
Consiste en presentar el propio cuerpo a una fiera peligrosa de forma que lo
pueda coger, desviando su acometida con un engaño de trapo. Una finta hecha de
audacia y astucia. Torear consiste sobre todo en enlazar una serie de quiebros
que necesitan un conocimiento del toro, una penetración intuitiva de sus
acciones y sus reacciones, una inteligencia estratégica de la lidia adaptada a
cada toro y un sentido táctico de los gestos necesarios en cada fase de Ia
lidia. La finalidad de todos esos actos, que culminan con la muerte, gesto de
suprema maestría, es la dominación del hombre sobre el animal: se trata de
forzar al toro a actuar contra su propia naturaleza, es decir obligarlo a
acometer dónde, cuándo y cómo el hombre ha decidido, cumpliendo con la
gratuidad del juego y la seducción del engaño. De todo ello resulta una faena
que viene a ser como una acción domesticadora concentrada en unos pocos
minutos.
No hay placer taurino sin esa admiración por la
inteligencia del torero. Y la fiesta de los toros no tendría sentido sin esas
virtudes de la inteligencia humana que ganan a las fuerzas de la naturaleza.
Esta es la lección constante y universal de todo humanismo.
[38] Admirar las virtudes morales del torero
Torear no es sólo arriesgar su cuerpo o ejercer su
inteligencia. Es también demostrar virtudes morales que se deducen del acto
taurómaco. Es ilustrar cinco o seis grandes virtudes intemporales. El toreo no
es solamente una técnica, ni un arte, sino también una suerte de "arte de
vivir" que requiere que se actue siempre respetando algunos de los grandes
principios morales.
Para ser torero, o mejor, para merecer ese título:
-
Hay que combatir a un animal naturalmente
peligroso, lo que exige valor y sangre fría.
-
Hay que afrontarlo en público, sin perderle la
cara, lo que exige caballerosidad y dignidad.
-
Hay que dominarlo, to que exige antes que nada,
el dominio de sí mismo, del cuerpo, de las reacciones instintivas y de las
emociones incontroladas.
-
Hay que matar, también, a ese adversario, lo que
sólo se justifica si, para hacerlo, se pone la propia vida en juego (ver
argumento 3): esto supone lealtad para con el adversario y total sinceridad en
relación con su propio compromiso físico y moral.
-
Finalmente hay que saber ser solidario con los
compañeros ante el peligro, lo que exige, una vez más, sacrificio de su propia
persona, aún a riesgo de su vida
¿No es el Torero con mayúsculas un auténtico ejemplo de lo
que querríamos poder hacer y un verdadero modelo de lo que nos gustaría poder
ser?
[39] Diversidad cultural e imperativos universales de la humanidad
Hemos expuesto cómo defender la fiesta de los toros era
resistir a la globalización (ver argumento 33). Pero defender la diversidad
cultural no significa defender cualquier práctica cultural. No todas son
obligatoriamente "buenas" o defendibles. Algunas chocan con
prohibiciones o tabús absolutos. Son aquellas que transgreden lo que puede ser
resumido en la idea de "derechos humanos". Condenar a Ia esclavitud a
un hombre o una mujer; no reconocer a una persona como tal; tratar a un ser
humano como un medio para satisfacer cualquier necesidad; rechazar los
principios de reciprocidad y justicia; violar los principios de libertad,
igualdad y dignidad de los seres humanos ... son acciones que nada tienen que
ver con la diversidad cultural ni tampoco con la placentera relatividad de las
costumbres. Son pura y simplemente barbarie. Por definición, estos principios
universales no pueden aplicarse a Ios animales, ya que suponen el
reconocimiento del otro como un igual, es decir imponen la reciprocidad sin la
cual no habría justicia. Si el hombre hubiera tenido, o tuviera, que aplicar a
los animales Ios principios que debe aplicar al hombre, no habría habido
domesticación, ni ganadería, ni agricuItura, ni, en definitiva, civilización
propiamente humana. Esto no significa que podamos hacer lo que queramos con los
animales, ni que no tengamos deberes hacia ellos (ver argumento 24). Signifiea
que no podemos confundir esos deberes con los que tenemos hacia los hombres, ni
los principios del humanismo con los del animalismo. El animalismo no es una
extensión de los valores humanistas. Es su negación.
LA FIESTA DE LOS TOROS ES CREADORA DE INESTIMABLES VALORES
ESTÉTICOS
Sin embargo, la fiesta de los toros no sería nada si se
quedara ahí. Sería sólo defendible pero no admirable. Si tantos artistas han
visto en el toreo un arte que podía ser traducido a su forma de expresión, si
la fiesta de los toros procura a los que la aman tan incomparables placeres, si
hay que preservarla como una fuente de valores estéticos que no debe perderse,
es porque el toreo es un arte raro, que entronca posiblemente con el origen
mismo del arte: dar forma humana a una materia natural.
[40] La sublime grandeza del espectáculo
Entre en una plaza de toros Ilena un día clave. Nunca antes
ha asistido a una corrida. No está ni a favor ni en contra. Solamente quiere
ver. Le horroriza la violencia y no Ie gusta para nada la sangre. A pesar de
todo es posible que la grandeza del espectáculo Ie conquiste poco a poco. Si es
así, déjese arrastrar por sus sensaciones: la solemnidad del ritual, la
Iigereza de la música, el destello inesperado de los trajes, el poder de la
fiera que ataca en todas direcciones, la coreografía tan regulada como
imprevisibie de las cuadrillas, el capote que gira, el impresionante choque del
toro con el caballo de picar (la suerte que más inspiró a Picasso), las
banderillas que revolotean, la increíble serenidad del hombre durante el duelo,
las audaces y deslumbrantes figuras de su danza con el animal, la muerte en el
recogido silencio de la multitud ... ¿Ya ha visto usted algo parecido? ¿Ha
visto algo que Ie deje atónito hasta ese punto? ¿Ha visto alguna cosa que pueda
así trastornar y hacer naufragar sus sentidos? Este espectáculo incomparable,
único, tan potente como singular, esta fiesta total de la grandeza y de la
desmesura recibe el nombre de lo sublime. Usted quizás vuelva. O quizás no.
Pero seguro que está de acuerclo en afirmar: sólo las corridas de toros pueden
procurarnos hoy emociones como éstas.
[41] La creación de lo bello
Todo eso no son más que las primeras sensaciones del
profano, que el aficionado sólo reencuentra en las grandes ocasiones. Pero, día
a día, el arte del toreo consiste en algo completamente diferente: simplemente
crear belleza. La belleza del toreo es la más clásica: supone elegancia,
armonía de movimientos, perfección de formas, equilibrio de volúmenes. El toreo
crea formas, obras humanas a partir del caos, es decir la acometida natural de
un toro. Inmóvil pone, con un solo gesto, orden donde no había más que desorden
y movimiento. Dibuja curvas poéticas donde el animal naturalmente sólo produce
líneas rectas (para coger, para matar). Intenta, como los más clásicos
pintores, producir el máximo efecto sobre su materia prima (la acometida del
toro) con las mínimas causas, es decir en el menor espacio, tiempo y
movimiento.
Claro que no sólo existe la corrida de toros para crear
belleza. Pero sólo la corrida de toros puede crear esta belleza a partir de su
contrario, el miedo a morir.
[42] Un arte original, entre el clasicismo y la
modernidad
El arte del toreo es original. Tiene algo de música
(armonía de los acontecimientos consonantes), algo de las artes plásticas
(equilibrio de líneas y de volúmenes en tensión opuesta), algo de las artes
dramáticas (alianza del azar y de la necesidad).
El toreo tiene al mismo tiempo algo de clásico y algo de
contemporáneo. La mayoría de las artes cultas han
abandonado hace tiempo la creación de belleza, valor estético que se juzga
desfasado. Desde este punto de vista, el toreo es un arte extremadamente
clásico. La mayoría de las artes cultas han abandonado la representación,
para transformarse en artes de la actuación única y
de la presentación directa (ver el happening, el
body-art, el ready-made, la instalación, la intervención, etc). Desde este
punto de vista, el toreo es un arte completamente contemporáneo: presentación
bruta del cuerpo, de la herida, de la muerte.
El toreo tiene al mismo tiempo algo de las artes cultas y
de las artes populares. Da a los profanos las más inmediatas emociones y a los
cultos las más refinadas conmociones, que corresponden a las artes más
“estéticamente correctas”. Y da a todos, a la par que la tensión permanente
debida al riesgo de muerte, el alivio transfigurado debido a la belleza.
[43] Lo trágico
Y a todas las artes, el toreo les añade la dimensión que
ninguna otra arte podrá nunca dar: la dimensión de la realidad.
Todo está representado, como en el teatro, y sin embargo, todo es verdad, como
en la vida. Puesto que el juego es a vida y a muerte. Orson Welles dijo: “¡el
torero es un actor al que le suceden cosas de verdad!”. La corrida de toros es
un drama trágico al que le toca presentar sin ambajes la herida y la muerte. Y
decir y afirmar esta verdad: sí, es innegable, morimos.
¿Es esta verdad la que rechaza nuestra época, la cual sólo
ama la naturaleza aséptica, y sólo acepta la realidad a condición de que esté
desinfectada, y que afirma amar la juventud siempre que sea eterna?
[44] La fiesta, comunidad espiritual
Sin embargo, las corridas de toros son, y quizás por encima
de todo, una fiesta. Los festejos taurinos siempre han ido de la mano de
períodos de ruptura con la vida cotidiana, es decir de los momentos de
conmemoración en los que una comunidad se encuentra y se recrea. Nuestra época,
más que cualquier otra, tiene necesidad de fiestas, porque nuestra modernidad
es cada vez más individualista, circunscrita al hogar, a lo privado y a lo
íntimo. Mientras que la fiesta es la calle, lo de afuera, lo público. Quizás es
por eso por lo que las corridas de toros dominicales han ido siendo
paulatinamente reemplazadas por las ferias. No hay corrida de toros sin fiesta,
pero para los pueblos taurinos no hay fiesta posible sin toros. Porque, ¿hay
alguna imagen más bella de la comunidad que el
mismo ruedo, redondo, circular, donde todo el mundo ve todo, donde todo es
visto desde todos los lados y donde, sobre todo, toda la
comunidad se ve a sí misma, comulgando de un mismo espectáculo, de
una misma ceremonia, y siguiendo un mismo ritmo de olés, con el sentimiento de
vivir juntos un acontecimiento único? Este es el poder de la fiesta de los
toros, bien conocido por los alcaldes de las ciudades taurinas, atentos a la
vida de su comunidad. Saben que no se hace la misma fiesta en las bodegas de
Mont-de-Marsan que en el “Real de la feria” de Sevilla, que no se canta igual
en las Fallas de Valencia como se corre en Pamplona, que no se baila igual en
Nîmes que en Granada, que sin toros durante el día no se haría, por la noche,
fiesta con el mismo ánimo. Porque lo que hemos vivido durante el día, todos
juntos, es el triunfo de la vida sobre la muerte.
LOS PELIGROS DEL ANIMALISMO
Hemos intentado responder a los detractores de la fiesta de
los toros. Hemos intentado decir también, en pocas palabras, lo que son las
corridas de toros y los valores de los que son portadoras. En este momento, hay
que intentar esbozar las razones que convierten en peligroso el movimiento
antitaurino. En sí mismo sólo lo es para la fiesta de los toros; pero el
movimiento más general del que es su manifestación y los valores que lo
inspiran amenazan mucho más allá que a la fiesta de los toros.
Después de todo, puede usted pensar que si mañana, o en
diez años, las corridas de toros se prohíben en los lugares donde hoy existen
¡asunto zanjado! Los aficionados se recuperarán y las pasiones humanas ya
encontrarán otro propósito del que ocuparse. Quizá. Hoy la amenaza se cierne
sobre la fiesta de los toros ¿qué es lo que amenazará mañana?
[45] Humanismo o animalismo
Ya hemos dicho que no hay que confundir al hombre y al
animal (argumentos [5] y [23])
ni los principios del humanismo con los del animalismo (argumento [39]).
Ahora bien, la ideología que se extiende y de la que el movimiento antitaurino
es portador consiste en poner en el mismo plano animales y hombres: “¿No somos
nosotros también animales? ¿No tenemos que tratar a los animales como tratamos
a los hombres?”. La intención parece loable: porque ¿no es una manera de
extender a los demás seres vivos la compasión, la simpatía, y por tanto, la
moralidad que nos liga a los hombres? Mera apariencia. Porque, intentando alzar
a los animales hasta el nivel en el que debemos tratar a los hombres,
necesariamente rebajamos a los hombres al nivel en el que tratamos a los
animales. ¿Qué quedaría de los valores de justicia, equidad, generosidad y
fraternidad? ¿Que sería de los valores de la convivencia, si reducimos la
comunidad humana a esa otra, infinitamente más vaga y menos exigente, que nos
liga a los animales, sea cual sea la afección que tengamos para con algunos o
el respeto que debemos a todos?
[46] ¿Hasta dónde irá la
“liberación animal”?
La modernidad ha conllevado una incontestable degradación
de las condiciones de cría de algunos animales destinados al consumo humano
(especialmente cerdos, terneras y pollos) considerándolos puras mercancías. La
toma de conciencia de ese fenómeno ha acabado por conmover de manera
perfectamente legítima a las poblaciones occidentales, las cuales – por otra
parte- no tienen una idea clara del precio que tendrían que pagar por un
eventual retorno a una cría más extensiva o más respetuosa con las condiciones
de vida de las bestias.
A la misma vez, las mentalidades cambian: el crecimiento de
la urbanización ha hecho perder a los habitantes de las sociedades industriales
cualquier contacto con la naturaleza salvaje. Las personas han olvidado la
ancestral lucha contra las especies dañinas (pensemos en los lobos que
diezmaban rebaños o las ratas transmisoras de la peste) e ignoran la que
continúan librando otros hombres en otros lugares (las langostas que destrozan
las cosechas africanas, o incluso los perros asilvestrados que infestan
multitud de ciudades del tercer mundo). El animal ha dejado de ser, en el
imaginario occidental contemporáneo, lo que era en el imaginario clásico: de
bestia terrorífica o animal de labor a víctima o mascota. De ahí la elaboración
del mito por la civilización industrial: el de una “naturaleza” pacificada
(paraíso perdido donde los animales son libres) y el del Hombre, con mayúscula,
representando el Mal, verdugo del Animal con mayúscula, víctima inocente. Esto
permite poner a todos los animales en el mismo saco: el gato y el ratón, el
lobo y la oveja, el perro y la pulga, el toro de lidia y el animal de compañía.
Este fantasma alimenta los ideales de la “liberación animal”.
Se comprende entonces por qué la ideología animalista elige
como blanco la fiesta de los toros. No es porque sea más “cruel” objetivamente
que todas las formas de explotación animal (se sabe perfectamente que no), ni
porque contraríe más la naturaleza de los animales que las demás formas
conocidas de domesticación (hemos visto que no), sino porque contradice la
imagen aséptica y edulcorada que se tiene actualmente del mundo animal (¿una
bestia que combate y puede matar?
¡Inimaginable!) y que parece ser la imagen de la relación
del Hombre con su Víctima. ¡Y puesto que habría que “liberar” a todas las
víctimas, es por lo que se debe comenzar por esos pobres toros de lidia!
Tocamos de nuevo con lo irracional.
Y mañana, ¿cuál será la nueva imagen
de víctima animal que ya no podrán soportar?
¿Habría que “liberar” todos los animales que el hombre ha
domesticado desde hace
11.000 años tal y como lo reclaman ya hoy los teóricos
radicales del animalismo en Estados Unidos? ¿Habrá que soltar los cerrojos para
liberar a los conejos, y que se apañen Australia y su ecosistema que estuvieron
a punto de perecer bajo el peso de su invasión? ¿Habrá que liberar a los
visones, como recientemente se ha hecho en Dordogne, sin preocuparse de la
catástrofe ecológica que provocaron? ¿Habrá que liberar a las ovejas del hombre
y liberar también a los lobos sin preocuparnos de las ovejas, y liberar también
a los osos sin preocuparnos de los agricultores de los Pirineos y sus rebaños
(y que ellos también puedan liberarse de los osos, si les apetece)? ¿Hasta
dónde nos llevará esta locura “liberacionista”? Hasta el punto de que, tomando
conciencia de que la mayor parte de las variedades, razas y especies animales
(como el toro de lidia) sólo deben su supervivencia a la relación con el
hombre, y que, una vez “liberadas”, no podrían volver al estado salvaje sin ser
inmediatamente condenadas a muerte, habríamos de tomar, como única medida
“liberatoria” eficaz, la castración y esterilización de todos los animales
domésticos de la tierra que nos aseguraría que jamás habrá animales sometidos a
los hombres. Es esto lo que preconiza el pensador americano Gary Francione, que
se atreve a llevar la lógica de la “liberación animal” hasta este punto. ¿Es
absurdo? Es, cuanto menos, insensato. Sin embargo es absolutamente coherente.
De hecho es el único tipo de medida que se deduce racionalmente del principio
mismo de la “liberación animal”, eslogan tan ingenuo como irresponsable.
[47] Peligros de una moral prohibicionista
Hoy la fiesta de los toros. Y mañana ¿contra qué la
tomarán? ¿Qué inocente placer será descrito como perverso? ¿La caza deportiva,
la pesca con caña? Eso ya está. ¿Y entonces? La producción de foiegras ya está
prohibida en varios países. El Parlamento californiano votó incluso en el 2004
una ley prohibiendo su comercialización. ¿Y mañana? ¿Habría primero que
“desaconsejar vivamente” el consumo de carne y de pescado (por razones
supuestamente morales, se entiende) para después autorizar su consumo solo bajo
ciertas condiciones, para finalmente decidir prohibirlo? Y pasado mañana,
¿“desaconsejar” la leche, el cuero, la lana… porque suponen explotación animal?
¿Y por qué no la miel? ¿O la seda producida gracias a la invención por parte de
los chinos de una mariposa, el Bombyx mori? ¿Hasta dónde irá la obsesión de
nuestro
“Bien” y la locura prohibicionista?
[48] Animalismo e imperialismo cultural
Se escuchan voces de algunos políticos de Cataluña, lugar
hasta hace poco taurinamente brillante, declararse hoy antitaurinos en nombre
de la resistencia de la catalanidad frente al centralismo español. También
sabemos que, simétricamente, algunos aficionados de la Cataluña francesa se reafirman como
radicalmente taurinos en nombre de esa misma resistencia de la catalanidad ante
el centralismo francés. (En Céret se toca “Els Segadors” himno nacional
catalán, antes de la salida del primer toro). También sabemos que todo
nacionalismo debe reinventar permanentemente su pasado y construirse un enemigo
todopoderoso frente al cual debe presentar su propia “nación” como víctima. En
esto no hay nada nuevo. Lo que es nuevo, y que sería casi cómico si la corrida
de toros no fuera mañana la víctima, es que esta resistencia al supuesto
imperialismo más cercano (el español) se hace en nombre de los valores, los
principios y las normas del imperialismo cultural más potente (ver argumento [33]),
el imperialismo cultural anglosajón y sus principios animalistas, que tienen
fuentes históricas, ideológicas e incluso religiosas propias, y que están en
las antípodas de las tradiciones culturales, ideológicas y religiosas de los
pueblos mediterráneos.
El sentido de la fiesta en la calle, la ritualización de la
muerte, y la estilización enfática de lo trágico, elementos constitutivos de la
fiesta de los toros, están en el fundamento de todas las culturas
mediterráneas. Y estas costumbres están muy alejadas de las tradiciones de los
países anglosajones y de las culturas de tradición protestante de las que se
alimenta hoy toda la moral animalista. Pretendiendo zafarse de la dominación de
un hermano ¿no caen algunos movimientos antitaurinos bajo la influencia de un
primo mucho más lejano?
[49] ¿Y la historia?
Muchos adversarios de la tauromaquia (e incluso algunos
aficionados) están persuadidos de que, como la fiesta de los toros es “arcaica”
(argumento [29]), tiende inevitablemente a desaparecer,
condenada por la historia. (Pero si los antitaurinos están tan persuadidos que
desaparecerá por sí misma ¿por qué se empeñan en prohibirla?). Sin embargo, la
historia nunca está escrita y siempre
reserva sorpresas. En el pasado, las corridas de toros ya estuvieron varias
veces prohibidas, y por razones morales mucho más potentes que las esgrimidas
en la actualidad. Se trataba por ejemplo del respeto que todo creyente debe a
su vida, o del cuidado que debe dedicar a su propia salud en lugar de a fútiles
divertimentos, demasiado aduladores de la vanidad humana. Se censuraba también
la perversidad de los espectáculos en general, la promiscuidad de los sexos en
los tendidos de las plazas, y otras cosas mucho más enérgicamente reprobadas
por la moral pública de la época que los supuestos maltratos a los animales de
hoy en día. ¿Se sabe – por ejemplo — que las corridas de toros fueron
prohibidas en 1804 en España por el rey Carlos IV, y que fueron restablecidas
en 1808 por el “ocupante francés” Joseph Bonaparte? Desde hace dos siglos, la
fiesta de los toros se ha adaptado a todos los cambios de regímenes, de
ideologías, de costumbres y de sensibilidades. Tiene aún por delante un
prometedor futuro, aunque no fuera nada más que por dos razones, extremadamente
tranquilizadoras: primero, cuando está amenazada en una región, se fortalece en
otra (en Francia por ejemplo, la afición es cada vez más numerosa y educada,
ver argumento [29]); segundo, hoy es cada vez más atacada desde
el exterior (y lo seguirá siendo por la fuerza de la globalización), pero se
comporta muy bien en el interior, lo que hace que viva uno de los períodos más
brillantes de su historia reciente. Tomemos un ejemplo: en los años 70 se
declaraba que el flamenco estaba moribundo, y debía ser tirado a las papeleras
de la historia, al cajón del olvido de un folclore caduco, por su compromiso
con el “fascismo”; condenado al desuso o a la aniquilación por la música pop,
las diversas fusiones y todo lo que aún no se llamaba la “globalización”. Le
pasaba lo mismo al fado, en Portugal, ya lo hemos explicado (argumento [30]).
Entonces, llegó una nueva generación de cantaores, sinceros y capaces, que
quisieron reencontrar las raíces puras de su arte y el flamenco conoció un fenómeno
de revival y vivió una de las más bellas páginas de
su historia.
Volvamos a la fiesta de los toros. Se declaró en los años
60 que las corridas de toros no sobrevivirían a la victoria sobre la miseria y
que habría que ser un muerto de hambre para tirarse entre los pitones de un
toro. Las predicciones históricas eran falsas. Las generaciones de toreros de
las tres décadas siguientes fueron en general de una buena condición
socio-económica y cultural y estaban animados sólo por la pasión taurina. Ésta
no muere fácilmente. Hoy, que vivimos en sociedades cada vez más obsesionadas
con la seguridad, se ven más que nunca toreros que practican un arte audaz y
arriesgado.
¡Otra vez más llevando la contraria a la supuesta lógica de
la historia!
De igual manera, al final de los 70, se creía la feria de
Bilbao moribunda, bajo los golpes de un nacionalismo que (y se decía que era
ineluctable) iba a dar la espalda a la
“tradición taurina”, juzgada envejecida y reaccionaria.
Esta feria está hoy por hoy más viva, y vasca, que nunca.
Entonces, si hubiera que hacer alguna predicción, ¿no
podríamos pensar que lo que es transitorio, pasajero y más efímero que la moda
del sushi, es la ola “animalista”, que seguramente no ha llegado aún a su
apogeo, pero que quizá está destinada a desaparecer tan rápidamente como ha
aparecido, cuando otros valores, perfectamente humanos, tomen la delantera?
Tenemos algunos signos en ese sentido, por ejemplo, el cansancio de las
poblaciones ante algunas campañas prohibicionistas o higienistas, o la
reivindicación cada vez más reafirmada a favor de la diversidad cultural.
Un último ejemplo de los curiosos giros de la historia. En
mitad del siglo XIX fueron las sociedades protectoras de animales las que
lanzaron grandes campañas a favor de la hipofagia. Estimaban que, reconduciendo
la mirada de los cocheros y otros usuarios de caballos de tiro hacia el interés
económico que podrían obtener de sus viejos jamelgos usados, se verían
obligados a tratarlos mejor para sacar partido de la venta de su carne. ¡Hoy
esas mismas sociedades luchan por la prohibición de la hipofagia porque sería
indigno para un animal ser comido porque (o cuando) ya no trabaja! (Es de temer
que la especie caballar no salga de ésta).
¿Sería demasiado esperar, para el toro bravo, un giro
parecido por parte de los movimientos animalistas? Entregados hoy a prohibir
las corridas de toros en nombre del bienestar animal ¿no podríamos esperar que
una mejor comprehensión hacia el interés animal y en particular hacia el de los
toros de lidia les haga luchar a favor del desarrollo de la tauromaquia, para
preservar la supervivencia de esa “raza” y el bienestar de los individuos que
se benefician de esas condiciones de cría? Siempre podemos soñar…
[50] Libertad
¿Habrán convencido los argumentos aquí expuestos a algunas
mentes dubitativas y libres de prejuicios? Podemos esperarlo. ¿Habrán hecho
cambiar de opinión a aquéllos a los que la sola idea de la corrida de toros les
asquea y les rebela? Lo dudamos. Como señala Pedro Cordoba al final de su ya
citado libro La Corrida, ningún argumento podrá jamás
convencer a aquéllos que imaginan la corrida de toros como la tortura de una
bestia inocente. Ni el hecho de que el calvario del toro sea menos terrible de
lo que piensan (argumentos [4], [8]
o [18]); ni que en su lucha plasma su naturaleza
(argumentos [7] o [17]);
ni que, al querer evitar la muerte de unos cuantos individuos, se condena en
realidad a toda la especie (argumento [22]); ni la
comparación entre la abyecta y corta vida de las terneras criadas en baterías y
la de los toros criados en plena libertad (argumento [23]);
ni cualquier otro argumento será eficaz ante la reacción inmediata, espontánea,
irracional del que se indigna y grita: “¡No, no, lo rechazo!”. Ante esta
reacción pasional lo único que cabe oponer es la frase con que la que
comenzamos: sólo hay un argumento contra las corridas de toros y no es un
argumento, es el imperio de algunas sensibilidades. A esta cerrazón, los
aficionados responden, muchas veces vehementemente, con su propia pasión. ¿Hay
que quedarse aquí, en este diálogo imposible?
Nos podríamos quedar en esta oposición de pasiones, si
ellas mismas se quedaran aquí también. Pero es que una de ellas reivindica para
sí misma más que la otra. Reclama limitaciones, prohibiciones, interdicciones;
en definitiva una pasión quiere impedir que la otra se satisfaga. Refugiándose
la pasión, claro está, tras las “razones”: el derecho de los animales, el
respeto de la vida, el escándalo del espectáculo de la muerte, etc. Y es ahí
donde el rol del político exige conservar la razón y pensar: si un día la
fiesta de los toros muere por sí misma, será porque ya no desata ninguna
pasión. Hasta ese momento, lo prudente es dejar a los unos y a los otros su pasión
y hacer prevalecer el principio de libertad.
CONCLUSIÓN: ¿QUIÉNES SON LOS BÁRBAROS?
Supongamos que de un plumazo se suprime la fiesta de los
toros. No hablaremos de los efectos económicos y sociales inmediatos.
Quedémonos con el menoscabo moral. ¿Qué perdemos? En primer lugar una relación
con la animalidad. ¿Qué imagen del animal quedará, para alimentar el imaginario
del hombre y la realidad de sus relaciones con su Otro que es el animal, fuera
de los caniches enanos del salón? Todas las bestias de labor han sido
progresivamente reemplazadas por artilugios, y todas las bestias productoras de
carne son progresivamente reemplazadas por “máquinas de fabricar carne” que no
nos atrevemos a llamar animales. ¿Es esto la naturaleza? ¿Qué rito pagano vamos
a conservar en una sociedad que abandona progresivamente todas sus ceremonias?
¿Queremos realmente no tener más elección que el utilitarismo o el fanatismo
religioso?
¿Qué unión de artes populares y artes cultas vamos a
conservar, cuando — progresivamente — éstas hayan deshecho todos los lazos con
aquéllas? ¿Dónde podremos mirar la muerte de frente, transformada por nuestras
actuales sociedades en una vergüenza?
Para los que la aman y la comprenden, la fiesta de los
toros es una forma de resistencia a todo lo que nuestra pos-modernidad nos hace
perder cada día más.
Sin embargo, hay que admitir que, para muchos, sólo es
barbarie. A lo que sería fácil de responder con el siguiente paralelismo.
En Occidente, nos escandalizamos cuando los talibanes destruyeron
las famosas estatuas gigantes de Buda, esculpidas en acantilados en el centro
de Afganistán y datadas entre el siglo IV y VI de nuestra era. A fin de
cuentas, a sus ojos no destruían “obras de arte”,
solamente ídolos de piedra; y lo hacían por respeto hacia su Dios, el “Único
verdadero” que ellos consideraban superior a los seres humanos. Esto no
disculpa ese bárbaro acto, por supuesto. ¿Pero, qué es lo que hay que pensar de
esos antitaurinos que, en nombre del (supuesto) bienestar de los animales, a
los que no consideran superiores a los seres humanos, pretenden dar muerte a
una forma de arte y creación arraigada en la historia e inserta en nuestra
modernidad, pero en la que ellos sólo ven arcaicas creencias y ritos? Entonces
¿quiénes son los bárbaros? ¿Los que quieren perpetuar este arte o los que
pretenden prohibirlo?
El argumento es fácil y, sin duda, no es equitativo – sin
embargo no más que el que reduce la fiesta de los toros a barbarie. Sólo
podemos sacar una lección: siempre seremos bárbaros respecto de alguien. Por
eso más vale quedarse con: tolerancia hacia
las opiniones, respeto a las sensibilidades y libertad
para hacer todo lo que no atente contra la dignidad de las personas.
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